Atlántida Film Fest: Beyond Clueless, adolescentes USA

 

Los que fuimos jóvenes en los 90 tenemos la impresión que a la vez que nos hacíamos mayores la inocencia del cine de institutos (estadounidenses) iba desapareciendo. Al menos esa es la impresión que se desprende a la vista del , más bien ensayo, Beyond Clueless.

En los 90 el sexo, las drogas y la violencia se convirtieron en algo que los estudios comenzaron a aprovechar para hacer dinero, dejando a obras anteriores como Carrie, Porky’s o El club de los cinco como hitos de un cine que pasaba de un gran público marginal al más absoluto. La película de Charlie Lyne repasa más de 200 películas producidas desde los 90 a inicios de los 2000 para no solamente dar cuenta de este cambio sino seguir los diferentes caminos que se pueden afrontar en un instituto: desde el nuevo alumno al despertar del sexo pasando por el consumo de marihuana, Beyond Clueless propone un estudio sociológico que nos hace ver que hasta de las películas más horrendas se puede extraer una idea sobre lo que los cineastas y el sistema piensan sobre qué es ser adolescente.

beyond clueless

Formulada más como un ensayo visual que como un documental al uso, Lyne encadena imágenes desprendiéndose de cualquier intención histórica y apelando más a un montaje de nueva generación donde prima lo sensorial. La voz de Fairuza Balk nos va dando las pistas para que unamos las piezas de la tesis dispuesta por Lyne: el cine de instituto estadounidense supone tanto un reflejo de su propia realidad social como una ficción donde se amplifican los traumas que  aparentemente estos jóvenes están destinados a sufrir.

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Para nosotros, españoles estándar, este cine de institutos de los U.S.A. no deja de ser como ver a unos peces en una pecera vivir unas vidas que no comprendemos. La identificación con los populares jugadores de fútbol americano que realizan apuestas disparatadas y se ven inmersos en complicados complots de asesinatos es más que improbable pero no deja de ser tremendamente divertida y, en el fondo, más cercana de lo que parece en su retrato sobre los adolescentes.

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Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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