War horse, la aventura añeja

Vivimos tiempos extraños y parece que con poca personalidad. Si miramos a las nominaciones a la mejor película de este año encontramos múltiples referencias a tiempos pasados. De hecho sólo tres películas son actuales pero basan la mayor parte de su argumento en echar la vista atrás. War horse es la cuota de principios de siglo XX pero no sólo narrativamente sino también formal y éticamente.

Spielberg se mira en la inocencia de las películas de los 40 y 50 para hablar de los mismos temas que siempre habla: las relaciones paternofiliales, la amistad por encima de las circunstancias y, por supuesto, la aventura. Porque War Horse, al igual que pasaba con Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio, es una película de aventuras pero esta vez conjugada en pasado. Spielberg invoca a Ford, Hawks y Lean para que le perdonemos la inocencia. Pero lo que en estos era real aquí huele a impostura.

Lo que pasa es que Spielberg es un director sublime y lo que en otros hubiese sido insoportable merengue aquí sólo es un exceso dulzón que se ve con agrado y no llega a empalagar del todo. Eso sí, dos horas y media son verdaderamente un exceso intolerable. La película adopta una estructura episódica que conlleva que algunas de las historias que cuenta resulten más interesantes que otras y que incluso alguna se torne repetitiva.

Confiar todo el protagonismo a un caballo es ciertamente un riesgo que Spielberg pasa con nota, es lo mínimo que se puede esperar de un tipo que hizo que medio planeta amase a un bicho tan feo como E.T. Hay momentos en los que parece que los caballos se van a poner a hablar entre ellos y ciertas miradas de los equinos a veces dan un poco de yuyu.

Pero War Horse no llega al corazón. Te mantiene pegado a la butaca pero no te deja poso. Y parece que estás viendo una película antigua. Pero no deja de ser un más que eficaz remedo de maneras pero no de alma. Y te preguntas cómo será el cine dentro de 20 años y quieran revisar lo que se hizo en la década de los 10.