Van Gogh, a las puertas de la eternidad, artista visto por artista

Vincent van Gogh es el principal ejemplo de artista incomprendido en su tiempo que alcanza la gloria después de muerto. Si a eso añadimos un existencia tormentosa salpicada por la enfermedad mental nos encontramos con el perfecto candidato para un biopic con ínfulas intelectuales y coartada creativa. No resulta extraño que se hayan acercado a su figura cineastas tan diferentes como Vincente Minnelli (El loco del pelo rojo), Maurice Pialat (Van Gogh), Robert Altman (la serie de televisión Vincent y Theo) o la pareja de realizadores Dorota Kobiela y Hugh Welchman (Loving Vincent), entre muchos otros.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad

Parece casi obvio, por tanto, que Julian Schnabel, un pintor metido a director, se haya interesado por el célebre autor de Los girasoles. Al fin y al cabo, gran parte de su carrera en el séptimo arte está dedicada a glosar la trayectoria vital de creadores que han tenido que batallar con todo tipo de adversidades. Así lo demuestran cintas del calibre de Basquiat, Antes que anochezca o La escafandra y la mariposa

Schnabel se centra en Van Gogh, a las puertas de la eternidad en la última y quizá más conocida etapa del pintor holandés, aquella que transcurrió principalmente en la localidad francesa de Arlés. El director norteamericano pretende mostrar su visión como artista y su relación con esa naturaleza que se convirtió en principal protagonista de sus cuadros más célebres. Quizá por ello utiliza de manera recurrente el plano subjetivo para enseñarnos su punto de vista. 

Sin embargo, a pesar de las intenciones de Schnabel y sus guionistas, entre los que se encuentra el prestigioso Jean-Claude Carrière, la película acusa cierta dispersión. Desgraciadamente, aborda temas ya tratados en los abundantes filmes sobre el artista sin aportar nada nuevo y de manera bastante superficial. Así asistimos a sus numerosas crisis psiquiátricas, la más que evidente soledad, el rechazo de la sociedad hacia unas obras que se adelantaron a su tiempo, la problemática amistad con Gauguin, con el que convivió un cierto tiempo, o el estrecho vinculo con su hermano, el hombre que ejerció de su particular mecenas. Curiosamente, en relación con este último aspecto, Van Gogh, a las puertas de la eternidad ofrece uno de sus momentos más emotivos al mostrar a ambos abrazados y rememorando su niñez en la cama de un hospital psiquiátrico donde Vincent fue ingresado. Lástima que no haya más instantes de intensidad en una película con más pretensiones que resultados. El aire de grandilocuencia impostada se acrecienta aún más con unos diálogos sentenciosos, inspirados en los escritos del pintor. 

No obstante, lo que sí resulta indudable es la impresionante labor del estadounidense Willem Dafoe, que capta sin histrionismos el desazón interior de Van Gogh. Lástima que el conjunto no esté a la altura de su trabajo, quizá porque las buenas ideas no acaben de tener una plasmación correcta en imágenes.