Una pastelería en Tokio, panfleto humano

Naomi Kawase se ha convertido a lo largo de los últimos años en una de las directoras más importantes y apreciadas del cine contemporáneo japonés. Ha sabido conrear un estilo autoral propio que ha sido alabado por crítica y público de todo el mundo. Gracias a ello, su nuevo film Una pastelería en Tokio ha conseguido participar en la pasada edición del festival de Cannes en la sección Un certain regard.

una pasteleria en tokio

Kawase sabe transmitir su particular sensibilidad de la mirada a través de la cámara. Por esa razón apuesta por relatos sencillos, de pocos personajes y conflictos nimios pero con gran trasfondo. Una pastelería en Tokio narra la tierna historia de un humilde pastelero que accede a que una anciana trabaje con él. Gracias a la habilidad de la anciana por elaborar el relleno dulce de judías rojas de los pasteles, el pequeño local consigue agotar sus existencias. Pero más allá de su vejez, la anciana sufre secuelas de la lepra en sus manos. Cuando el rumor se extiende la pastelería fracasa y la anciana debe retirarse.

Una pastelería en Tokio goza de unos primeros minutos intensos y tremendamente humanos. La actitud vitalista de la anciana se contrapone a la pasividad y tristeza del pastelero que con el tiempo empieza a apreciarla. En este sentido, la secuencia en la que elaboran por primera vez juntos el relleno de los pasteles es totalmente hermosa tanto visual como emocionalmente. Pero a medida que avanza la historia la película acaba desbordándose en un dramatismo intenso donde la obviedad anula por completo la mirada original sobre el ser humano que Kawase estaba desarrollando. La búsqueda de un tono excesivamente lacrimógeno a través del fatal destino de los personajes es totalmente innecesario e incluso irreal. Una pastelería en Tokio prometía ser una entrañable historia llena de una densidad humana y acaba convirtiéndose en un melodrama panfletario adornado con cerezos en flor.

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Es innegable que Naomi Kawase tiene un estilo propio, una forma especial de componer los planos, en la que predominan los planos detalle y los rostros entrecortados como si estuviera forzándonos a entrar al interior de los personajes. Estas decisiones son totalmente acertadas cuando argumentalmente se apuesta por historias simples y nada trascendentales. Pero en el momento en que la película apuesta por inundar las tramas de complejidad dramática (que paradójicamente es obvia y simple) todo el dispositivo se desmonta y la película queda desnuda.