Transcendence, el Síndrome Nolan

Tiene que ser muy duro no ser Christopher Nolan, sobre todo si quieres hacer cine como el de Christopher Nolan, es decir, cine serio, aparatoso y espectacular. Wally Pfister, su director de fotografía desde Memento, debuta con Transcendence, una película tan grandilocuente, pretenciosa y entretenida como cabía esperar de un discípulo del director de El caballero oscuro: la leyenda renace, pero sin el barniz de talento que siempre hace que las películas de éste superen la barrera de la simple apariencia de gravedad.

Transcendence plantea a través de sus personajes una simple cuestión vital tan antigua como la humanidad moderna: ¿hasta qué punto podemos acercarnos a un hipotético dios a la hora de desarrollar nuestro potencial científico? Obviamente el mismo desarrollo de la pregunta no te habilita para entrar en el Olimpo de la Filosofía, pero Wally Pfister y su guionista Jack Paglen creen que sí. Es ese dar vueltas sobre la misma idea acerca de lo peligroso de la tecnología lo que descalifica a Transcendence para ser una película más densa y profunda de lo que le gustaría ser: es como jugar con las cartas marcadas, con el mensaje ya en el bolsillo y plantear toda la trama de manera que el ganador termine siendo quien tú quieres, es decir, el miedo al tecnológico.

Más allá del equivocado y superficial enfoque filosófico, Transcendence funciona eficazmente como curioso intento de entretener a las masas que acudan al centro comercial de turno mientras éstas creen que están pensando muy fuerte. Pfister filma con solvencia de buen director de fotografía pero no logra dejar en nuestra retina nada sublime. Tampoco ayuda demasiado un Johnny Depp desganado y ausente que tiene que lidiar con un personaje secundario dentro de la trama pero que el marketing ha decidido vendérnoslo como el gran protagonista. Es el talento de los dos verdaderos protagonistas, y Bettany, el que nos salva un poco de que Transcendence tampoco se nos haga demasiado cuesta arriba.

Critica Transcendence

Supongo que para justificar su gran presupuesto Transcendence decide en ciertos momentos pagar un peaje de comercialidad, metiendo unas cuantas persecuciones y tiroteos, dejando de lado su vertiente de cine pensativo. Es en ese híbrido entre filosofía de baratillo acerca de la inteligencia artificial unido a una espectacularidad impostada la que hace que la película termine siendo tan poco satisfactoria como irrelevante a la hora de encontrar su público. Transcendence funciona mejor cuando es simplemente un tecnológico que cuando quiere ser profunda y sesuda. Lo que viene siendo el Síndrome Nolan.

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