Tierra prometida, la luz del gesto

Con la planificada sobresaturación propia del cine de centro comercial actual, por un lado, y los criterios indies, por otro, se corre el riesgo que haya multitud de películas que pasen desapercibidas. Son esas películas que están en ese limbo de no haber obtenido una repercusión excesiva en Hollywood, como puede ser El lado bueno de las cosas, ni haberla tenido en los ámbitos más hipsters por otro, como por ejemplo Las ventajas de ser un marginado. En esta tierra de nadie, la de las películas que pasan de puntillas por la cartelera es donde se encuentra Tierra prometida de Gus Van Sant. Y sería una pena que os la perdiéseis.

Reconozco que el tema en principio es peliagudo y puede echarnos para atrás: Matt Damon interpreta a un tipo que trabaja para una compañía de gas que trata de comprar unas tierras a unos pobres granjeros. Ya nos vamos oliendo todo el tufillo a buenas intenciones, moral de campesinos buenos y empresarios malos y, en cierto modo, algo de eso hay. En ningún momento se nos niega que esto no es una fábula donde el mensaje a transmitir está claro y que casi desde el minuto uno sabemos lo que va a terminar pasando.

Pero en la dirección consigue ponernos toda la anécdota argumental en una especie de segundo plano de forma que sólo nos fijemos en los personajes. Del mismo modo, los cuidados diálogos de Damon y Krasinski, ambos guionistas, se cuidan mucho de que no nos suelten discursos panfletarios sobre lo güena gente que son en la América profunda y lo despiadados que son los de la ciudad.

Contar en el reparto con grandes actores como Damon, Kasinski, Holbrook, McDormandDeWitt te hace media película, pero hay que estar atento a lo que te dan. Ahí, Van Sant despliega su cámara en captar sus miradas llenas de vida y verdad en esa magia cinematográfica que se consigue cuando un actor dice más con unos ojos que con cien líneas de diálogo.

tierra prometida crítica

Tierra prometida es el perfecto ejemplo de película sobresaliente que logra transmitirnos un mensaje sin necesidad de engolar ni sobreactuar su voz. Por eso pasará desapercibida, porque parece pequeña, porque no nos remarca los verdaderos temas de los que habla con grandes parrafadas. Porque hay que escudriñar en su fondo, navegar en sus sutilezas y dejarse iluminar por los gestos de sus personajes.

 

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