Gloria mundi, aguantar el oleaje

La Marsella que nos muestra Robert Guédiguian carece de encanto, o sólo lo justo. Eso me gusta de las ciudades en el cine: son capaces de revelar lo que de otra forma sólo veríamos in situ. Los lugares por los que Daniel y Sylvie pasean a veces mantienen un aura de decadencia romántica que lleva al espectador el aroma del mar; las dársenas del puerto y sus vistas les recuerdan a una juventud que pronto les fue arrebatada. Sin embargo, la Marsella en la que viven sus hijos es algo…

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