Silvio (y los otros), espléndida, barroca y esperpéntica

Mientras prepara una nueva serie para televisión, continuación de The Young Pope, llega a nuestras pantallas Silvio (y los otros) que, en cuanto retrato de un politico,  bien podría ser considerada como el anverso de El divo (2008), aunque la figura decadente del protagonista esté más próxima a La juventud (2015) y su cualidad de fresco caleidoscópico sobre esta era posmoderna del espectáculo la convierten en complemento de La gran belleza (2013), hasta ahora el título más redondo del napolitano Paolo Sorrentino. Estas referencias, y otras que podríamos indicar, permiten hablar de un condensado del cine de Sorrentino.

Silvio (y los otros)

Con el título original de Loro (“Ellos”) se estrenó en Italia un díptico de 3 horas y 20 minutos aquí condensado en un único largometraje con una hora menos. No ha sido muy afortunada esta decisión, pues, además de hurtarnos a los espectadores la obra íntegra —o sea, exhibirla mutilada— el montaje resultante sufre en su ritmo; no es que el metraje resulte excesivo, sino que el devenir narrativo parece más arbitrario de lo que debería.

Un rótulo inicial bastante más largo de lo habitual viene a sumar las dos contradictorias advertencias que suelen anteceder muchos relatos: “Basado en hechos reales” y “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Aquí se afirman las dos cosas (“Todo es ficción pero ciertos sucesos están inspirados en hechos auténticos”) y se resumen en un lema que dice algo así, como “todo documentado, luego todo arbitrario”; no se trata de reproducir la realidad, sino de hacer una interpretación de la misma. No sólo es que Sorrentino busque evitar demandas judiciales en su retrato de Silvio Berlusconi, es que, hace su propia interpretación del líder populista.

En un largo primer acto, un buscavidas llamado Sergio Morra planea toda una estrategia para acercarse a Él (nombre muy apropiado para el impronunciable, revestido así de cualidad divina): contrata chicas de alterne “que no parezcan prostitutas” y jóvenes para unos días de fiesta en un chalet frente al de Él, en la isla de Cerdeña. Sergio es, claramente, un producto de esa “cultura del pelotazo” que busca el favor político o directamente la corrupción para negocios ocasionales y se vale de cocaína, sexo, alcohol y sucedáneos de paraísos con bailes, mariscadas en lancha, etc. Sergio es un aprendiz de Berlusconi, más descarado porque pertenece a la Italia actual con su deriva neofascista y no a la más pacata y democristiana de los años 70 en que Il Cavaliere inicia sus negocios de televisión privada. Sergio habita los espacios urbanos con marcos arquitectónicos de la Roma imperial y renacentista —al igual que el periodista de La gran belleza— y transita desde ellos, con el espesor cultural que denotan, a la ligereza y frivolidad de los chalets sardos, con su barniz de diseño y celofán.

Silvio (y los otros)

A continuación se traza un fresco en forma de puzzle con muchos datos conocidos por la prensa, pero también con muchas elipsis e interpretaciones de la vida privada, sobre Él. Toni Servillo (¿quién si no?) compone con su reconocido carisma y capacidad de mímesis que para sí quisieran el camaleón, ciertos pulpos y no pocos humanos, a Silvio Berlusconi con su mezcla de prepotencia, intuición, saber estar, seducción, conducta temeraria, máscara de elegancia… En una escena magistral llega a desdoblarse en dos, con el mismo actor haciendo del personaje y de su conciencia. El retrato del político milanés contiene una dimensión pública ya conocida por la prensa (sobornos, compra de senadores, utilización de su imperio mediático para la manipulación de la opinión pública, fraude fiscal, corrupción de menores, ausencia de principios políticos… en fin, puro maquiavelismo de búsqueda del poder para satisfacer el ego personal), pero también una faceta más privada que resulta más interesante en cuanto busca explicar quién es Berlusconi y cuál es la clave de su éxito político. Todo ello en una gran mascarada, pues la realidad de Berlusconi en pura puesta en escena; como se ha escrito, una “caricatura de gran guiñol de una falocracia ‘botoxmizada’ y megalómana”. 

Ahí la película es prudente, va dando leves brochazos y mostrando un tipo vulgar, de lo más corriente, necesitado del aplauso y rodeado de una guardia pretoriana que le hace el trabajo sucio y le blinda de sus propios errores. No hay heroísmo alguno, ni cualidades de liderazgo, ni “baraka” ni carisma político ni cualidades personales para ser admirado… Casi octogenario, sigue creyéndose un Casanova y quiere creer que las chicas se le acercan por sus atractivos cuando —como se explicita en un espléndido diálogo—  su aliento recuerda al del abuelo de las veinteañeras con quienes coquetea. Berlusconi es un millonario hortera, sin cultura ni buen gusto (ahí está el “Aserejé” sonando y el cantante melódico que lo acompaña por el jardín), es como un concursante de sus canales de televisión o, peor aún, como un espectador de la telebasura de las “mamachicho” ochenteras con su erotismo primario de mesa camilla y subdesarrollo. Nunca deja de ser megalómano, como un niño, bantante primario en sus caprichos e infantil, necesitado de público que le aplauda y esperando inútilmente la ocasión de asombrar a todos con el espectáculo del falso volcán que ha instalado en el jardín de la mansión sarda. Solamente escuchará la verdad cuando su esposa Veronica Lario se despida diciéndole quién es en realidad.

¿Cómo es posible que un oportunista, pendenciero y “matón” haya llegado a la presidencia del Gobierno de uno de los países más desarrollados y con una historia cultural y artística como la italiana? Sorrentino deja entrever que don Silvio no es muy distinto de los capi sicilianos tan populares, pero tampoco de un cualunquismo instalado en el país tras años de hipocresía, inmovilismo, amiguismo y educación en el cinismo político de la democracia cristiana clientelista. Es el “hombre de la calle” que se ofrece como solución a todos los problemas, presume de su experiencia en los negocios como garantía de eficacia política y se presenta como no-político, capaz de aunar voluntades dispersas. O sea, el neofascismo que ahora mismo vive Italia, con lo que Silvio (y los otros) trasciende la figura de Il Cavaliere para trazar un diagnóstico sobre lo que supuso su acceso al poder y su función de Kerenski que da paso los “bolcheviques” de verdad, que llegan ahora sin máscaras. Por ello a la jura del cargo como Presidente del Gobierno sigue el terremoto de l’Aquila en el que ese presidente… promete una dentadura nueva para una anciana: así funciona el populismo, con el gesto de ternura que afianza el caudillismo.

Silvio (y los otros)

Hay que ver más de una vez esta película, pues no se captan todos los detalles en un primer visionado; fiel al estilo neobarroco de Sorrentino hay una potente banda sonora que sirve de ambientación y comentario a secuencias densas, con muchas referencias y matices. Creo que la duración original en una miniserie funcionaría mejor que los dos largometrajes con que se ha estrenado en Italia o el resumen que vemos en España. En cualquier caso, un Sorrentino pleno, con la misma capacidad de análisis político demostrada en Il Divo, donde Servillo “era” Giulio Andreotti en cuerpo y alma; y el mismo espíritu fellianiano de mostrar el “gran teatro del mundo” con personajes patéticos pero sin hacer más leña del árbol caído de la necesaria, pues no hurga en las heridas y se contiene en el trazo de ese personaje que, al fin y al cabo, es lo peor de nosotros mismos. El Él con que se nombra religiosamente a Berlusoni alcanza su existencia al ser nombrado por el Ellos del título original (“los otros” en la versión española); estos son más importantes en cuanto representativos del arribismo, populismo, fascinación por el dinero y el poder… que ha acabado por nutrir al neofascismo. Espléndida, barroca y esperpéntica reflexión de Paolo Sorrentino, un cineasta con mirada genuina, siempre al borde del exceso y hasta del postureo, pero anclado en una realidad y unos principios humanistas que compartimos los espectadores.