Siempre feliz y Tres veces 20 años, la diversión llega al festival

Los festivales de cine suelen ser una cosa muy seria donde se viene a ver películas importantes y sesudas. Por eso es de agradecer que los programadores metan películas que descarguen un poco la válvula de la intensidad dramática.

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Siempre feliz nos cuenta la peripecia de dos parejas noruegas que ven como su aparente felicidad matrimonial se tambalea en un enredo de infidelidades mutuas. Con un tono más cercano a la comedia sin olvidar un poso dramático, la directora Anne Sewitsky maneja con soltura el ritmo y las interpretaciones de los solturas, pilares fundamentales en una película de este tipo. No es un cine que invente la pólvora, pero es que nadie le pide eso, simplemente que no nos aburramos, nos riamos, nos emocionemos un poco.

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La veteranía de William Hurt e Isabella Rossellini son las grandes bazas de la francesa Tres veces 20 años. La pareja se enfrenta a la crisis de los 60 aparentemente teniéndolo todo: una vida de éxitos resuelta y tres hijos bien situados. Ambos consideran que están en ese punto donde la sociedad no les considera tan viejos como para morirse ni tan jóvenes como para emprender nuevos rumbos. La directora Julie Gavras deja a ambos actores desplegar su evidente carisma en otra película que se mueve muy entre la comedia y el drama con enorme dosis de cariño y comprensión hacia sus personajes. Tal vez otros prefieran venir al cine a pasarlo mal. Yo agradezco estas dos películas, de lo mejor visto en lo que va de Festival.

Por otro lado, también pudimos ver dos propuestas que nos trasladan a África: Kënu y Blue Bird. El continente africano visto con ojos españoles y belgas, respectivamente.

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Leticia Dolera interpreta a una cooperante de una ONG que llega un pueblo senegalés con toda la buena intención de ayudar y se encuentra con una realidad que no es la que esperaba. Kënu hace bien en desmitificar el buenismo europeo de los voluntarios que van a ayudar a los desvalidos. Tal vez cargue demasiado las tintas en el retrato del malo del pueblo, que no digo que realmente no sean así, pero como personaje cinematográfico queda demasiado gangsteril. Arantza Álvarez Pastor parece saber de lo que está hablando, nos ofrece una película muy estimable en su didactismo con una gran interpretación de su protagonista femenina.

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Cuando ves la belga Blue Bird es de esas veces en las que te preguntas por qué el director ha tomado una serie de decisiones que, para el que escribe, no hacen sino destrozar cualquier atisbo bienintencionado que tuviese su película. Blue Bird nos presenta a dos niños africanos, según leo en la nota de prensa de Togo, que se encuentran un pájaro, hablan entre ellos y emprenden un viaje. La película tiene un tono azul todo el tiempo realmente desagradable y feo que te distancia enormemente de lo que está pasando. No estoy seguro si era un problema de proyección o una decisión del director pero después de leer un par de notas de producción me decanto por lo segundo. Poco más puedo decir. La desconexión que sufrí fue tal que me resultó enormemente difícil entender lo que estaba pasando en pantalla. Quizás la historia que se nos pretendía contar era bellísima pero lo que mis ojos contemplaban no se correspondía con la intención del director. Raro que es uno.