Regreso a Montauk, menos hablar y más hacer

Regreso a Montauk, la última película de Volker Schlöndorff después de la notable Diplomacia, vuelve a girar alrededor de las palabras. Max Zorn es un afamado novelista que llega a para presentar su última novela, en la que cuenta la historia de amor que hubo hace 17 años entre él y una mujer llamada Rebecca en esa misma ciudad.

Regreso a Montauk

La gira literaria levará a Max y a su novia Rachel por un nocturno que parece sacado del Shortbus de John Cameron Mitchell pero para todos los públicos. Y por supuesto entre y entrevista Max tendrá la oportunidad de reencontrarse con Rebecca, que ahora es una prestigiosa abogada, y de darse cuenta de las oportunidades perdidas.

Hay un proverbio latino que dice «res non verba» y que se traduce en el refranero popular español como «menos hablar y más hacer». Este proverbio o refrán son una de las máximas del cine: haz que tus personajes hagan y que no digan. ¿Os imagináis una película de en la que se diga lo fantástica que ha sido una batalla que no nos la muestre? Pues por muy profunda y maravillosa que fuera la relación entre Max y Rebecca en el pasado esta solo se nos muestra a través de las palabras de Max y de las intensas y sobreactuadas miradas entre y Stellan Skarsgård. Aunque bien pensado si la película tenían que sostenerla estos actores quizá no haya sido tan mala idea dejarlo a todo a las palabras de la novela de Max (quizá, lo único interesante de toda la película).

Regreso a Montauk

Aunque la idea podría haber dado para una historia íntima en la que los personajes hablaran sobre lo que fueron y lo que son (¿acaso Schlöndorff no ha visto Antes del anochecer?) Regreso a Montauk se torna en una serie de clichés mal empastados y de tramas secundarias que no van a ningún sitio. Los profundos diálogos filosóficos de los personajes están fuera de lugar, el dolor y el sufrimiento por la pérdida no traspasa la pantalla, la química entre todos los personajes es inexistente y el viaje a Montauk se me antoja un descenso innecesario a los infiernos para los espectadores. ¿Por qué no te pudiste quedar en Berlín, Max, y ahorrarnos este reencuentro?

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