Passion, quirúrgica frialdad

Hace un par de días decía David Lynch en su visita a Madrid que Hollywood se había convertido en una máquina industrial que sólo atendía al dinero obviando cualquier idea original. Quizás por eso cada vez le cuesta más hacer el cine que le gustaría. Podemos encontrar un caso similar en Brian de Palma: legendarios son sus tiras y aflojas, ya sea con estudios todopoderosos o caprichosas estrellas. Así, uno de los mayores estandartes del cine norteamericano de los 70 se ha tenido que venir a Europa a filmar algo sin interferencias y con total libertad.

En encontramos al Brian de toda la vida: el de las duplicidades, las traiciones, los puntos de vista y las filigranas audiovisuales. Y es en esta continua autorreferencialidad es donde se hace grande. Si ya desde sus inicios el director italoamericano se había dedicado a fusilar sin piedad toda la historia del cine y a Alfred Hitchcock en particular, aquí se homenajea continuamente a sí mismo en un salto mortal nunca visto. Vamos, como si a Tarantino le diese por hacer una película de Brian De Palma. De hecho, me atrevería a decir que fue el que abrió la veda a discursos como el de Tarantino basados en la continua referencia de cines anteriores.

Passion Brian De Palma

Por desgracia, Brian no es el director que mejor ha evolucionado a nivel de popularidad si lo comparamos con sus contemporáneos Spielberg, Lucas, Scorsese o Coppola. Con este último es con el que tal vez tenga más en común debido a su siempre categoría de enfant terrible que nunca daba a torcer su brazo con el poder. Esto es en cierto modo un handicap a la hora de valorar , porque si desconocemos las claves de lo que nos está contando (y como) nos perderemos muchas de sus virtudes por el camino.

Que ha sido siempre un tipo sin sentido del ridículo lo sabemos desde el principio de los tiempos y es por ello que bordea siempre ese camino. Que caiga o no es cuestión de lo que cada uno considere ridículo. Pero que haya un director que arriesgue con cambios de tono (narrativos y formales), encuadres imposibles, interpretaciones histéricas y pasiones descontroladas siempre es digno de elogio. Ya me gustaría ver a algún director joven mostrar la vitalidad y el arrojo de conjugando una película llamada realizada con quirúrgica frialdad.

Más allá del soberbio trabajo que realizan Rachel McAdams y Noomi Rapace, es de recibo destacar la espléndida fotografía del español José Luis Alcaine, colaborador habitual de Pedro Almodóvar.

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