Oz, un mundo de fantasía, incomprensible triunfo

Oz, un mundo de fantasía forma parte de una inmensa estrategia calculada por la industria de Hollywood que dice que ahora lo que se lleva es la adaptación de los cuentos clásicos y que, en la medida de lo posible, éstas entren dentro de los cuatro cuadrantes del marketing. Esta cosa tan fea de los cuatro cuadrantes consiste básicamente en que la película tenga público en todos los sectores demográficos atendiendo a sus edades y sexos. Vamos, todo aquello que hace que las series de televisión españolas sean tan malas.

Así, Oz, un mundo de fantasía, no es una película de Sam Raimi sino una película de Disney, pero del peor más blando, inocuo y falto de personalidad. Ni el año pasado se pudo mantener ajeno a esto un grande como Andrew Stanton ni este año lo ha podido hacer Sam Raimi. La historia en si tenía mil posibilidades: ver nacer al Mago de Oz y, por el camino, descubrir más cosas del resto de este peculiar mundo.

El referente obvio es la película de 1939 pero hay que recordar de aquella algo muy importante que ahora no es popular: era un con muy buenas canciones. Este hecho hoy en día es tremendamente arriesgado, ¿alguien recuerda cuál fue la última película con canciones originales que se hizo en Hollywood? Pues eso, que aquí la única referencia al original es su inicio en blanco y negro y su posterior paso al saturado. Pero esto en sí mismo no debería ser un problema.

oz, un mundo de fantasía

Oz, un mundo de fantasía no es una buena película porque desaprovecha todo aquello que podría hacerla grande. En el apartado visual resulta apabullante y en esto ayuda muchísimo el formato en 3D, pero una vez pasada la sorpresa nos acostumbramos al despliegue digital y nada asombra. El Raimi de El Ejército de las Tinieblas hace presencia en un par de momentos de montaña rusa pero no lo suficiente para levantar el conjunto. Ni rastro de locura ni sentido del humor y las pocas sonrisas vienen por parte del mono alado. Con tristeza vemos como el Raimi que más nos gusta se pliega sobre sí mismo para entregar un producto para todos los públicos.

En poco ayuda el peso en la trama de dos actores tan limitados como James Franco y Mila Kunis. El primero demuestra que aun le queda mucho para que podamos tragarnos una película en la que él lleve el peso. Aquí no hace más que repetir su registro de chaval socarrón y con poca vergüenza. Por su parte, Mila Kunis, la mujer más sobrevalorada del planeta, poco hace más allá de enseñar los ojazos. Sí se salvan Rachel Weisz y pero no consiguen rescatar el barco del hundimiento.

Vale que esto es un cuento y que tiene que haber una moraleja, un aprendizaje y un viaje emocional, pero es que en Oz, un mundo de fantasía se encargan de recordarte cada 15 minutos que no hay que mentir, que hay que ser buena persona, que hay que ser generoso y veinte cosas más. Al final lo que queda es un cuento pesado y aburrido que parece estar triunfando y del que ya se planea segunda parte. Incomprensible.

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