Nightcrawler, la imagen, el medio y el espectador

Louis Bloom vive en Los Angeles sin oficio ni beneficio. Un día descubre que puede ganar un buen dinero filmando accidentes de tráfico y vendiéndolos a una cadena de televisión local. Lou es un paria, como lo era el Travis Bickle de Taxi Driver, con la que este Nightcrawler tiene muchas cosas en común, aunque sus conclusiones se alejen bastante del clásico de Martin Scorsese y Paul Schrader.

Para su debut en la dirección Dan Gilroy (guionista de El legado de Bourne, cuyos hermanos son el también director y guionista Tony Gilroy, autor de Michael Clayton, y el montador John Gilroy, labor que ha realizado en las películas de sus hermanos y en Pacific Rim, entre otras), ha elaborado un elegante drama con forma de thriller que pretende dar buena cuenta de los tiempos morales que vivimos. Dada la profesión que Lou consigue queda claro que la primera reflexión será la de esos medios de comunicación deleznables que trafican con la miseria humana. Pero esta es la lectura fácil, claro. Más allá de esta evidente pulla lo que resulta más interesante es la visión de que lo captado por la cámara de Bloom pronto adquiere tinte de irreal, de representación que al ser puesta en pantalla deja de ser algo real y se transforma en otra cosa. La primera vez que Bloom acude a un plató exclama: It looks so real!, al ver el inmenso decorado de cartón que simula el paisaje iluminado de Los Angeles. Y así verán todos las macabras imágenes que el personaje interpretado por Jake Gyllenhaal trae a la emisora: como algo que ya no pertenece a la realidad y que ha adquirido carácter de espectáculo.

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El lógico desapego emocional entre imagen y realidad que sufren todos los personajes de Nightcrawler tiene sus consecuencias éticas, como no podía ser menos. De todos modos, Gilroy emplea poco tiempo en poner a sus personajes a conversar sobre el tema, ellos tienen claro de lo que están hablando cuando cuestionan la conveniencia de emitir unas imágenes: Morally? No, legally. Así que no hay momentos de dudas acerca de lo que hacen y, por tanto, poco resquicio para hablar de cuestionamientos morales: los personajes son todos deleznables y nosotros espectadores estamos seguros de ello. Y nos sentimos seguros porque sabemos que no somos como ellos.

Para desplegar este torrente de comportamientos inmorales por parte de los demonios de la televisión, Dan Gilroy nos envuelve Nightcrawler de una forma completamente antagónica a lo que hacía Scorsese en la anteriormente citada Taxi Driver: el cineasta neoyorquino acudía a un minimalismo expresionista que fundía con la lánguida escritura de Schrader para hacer un todo coherente y malsano. En cambio, el Los Angeles de Gilroy es un lugar luminoso dentro de la noche, una ciudad de estática belleza arquitectónica en las antípodas, por ejemplo, de la misma ciudad reflejada como una jungla por Michael Man en Collateral. Visualmente impecable dentro de su imagen de thriller, Gilroy logra que poco de lo que vemos nos resulte realmente desagradable: de hecho, en los momentos de acción de Louis Bloom, su cámara está más atenta al gesto fascinado de Jake Gyllenhaal que al material que está grabando. Porque lo que interesa es el portador de la mirada, no el objeto filmado. Así, se nos presenta todo con una estética asequible y aseada para que nuestra conciencia esté más tranquila. Por haber, hay hasta cierto sentido del humor para relajar el tema.

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Pero lo cierto es que Nightcrawler está hablando de nosotros como espectadores. Ni los personajes de Lou o Nina acceden a algo mínimamente parecido a una redención, aquí no hay una Iris a la que sacar del arroyo; en realidad, ellos no importan. Solo quedamos nosotros, los espectadores que estamos dispuestos a generar los suficientes beneficios como para que a Nina le resulte rentable pagarle a Lou un buen puñado de miles de dólares por unas sangrientas imágenes. Así, Nightcrawler plantea un juego entre unas formas convencionales y un fondo obtuso donde creemos que el objeto de estudio y crítica son los personajes representados en pantalla, cuando debemos de tener en cuenta que esos que están ahí están fabricando realidades para unos personajes que nunca vemos: el público.