Los Miserables, la desgraciada mano del director de la función

Normalmente, el espectador medio no sabe quienes son los directores de las películas y como mucho solo atienden a las marquetinianas frases de “del director de…” o “los creadores de…”. El caso es que el público, en la mayoría de los casos, ni siquiera tiene claro cual es la labor del director y como sus decisiones afectan al producto final que está viendo. Esta retahíla la suelto para argumentar qué es lo que falla en Los Miserables donde las bases de una hermosa partitura y los mimbres de un excelente reparto es literalmente destrozado por las decisiones equivocadas de un director inepto subido de ego y totalmente carente de talento.

¿Qué es lo que hace tan mal Tom Hooper para desgraciar y matar la posibilidad de que Los Miserables sea una buena película? Intentaré explicarme. Estoy prácticamente convencido de que el público cuando salga de ver Los Miserables notará una leve insatisfacción ante lo que ha visto, esa sensación de que algo falla. El principal fallo está en el origen mismo de Los Miserables: un musical del West End londinense. Pero esto es cine, no teatro filmado. Cuando se adapta una novela se cambian cosas de orden, se suprimen capítulos y se inventan pasajes nuevos. Esto se hace porque lo que funciona en papel puede que no funcione en pantalla. Por eso las mejores adaptaciones siempre son las que traicionan la letra con la intención de mantener el espíritu. 

En este caso, Hooper lo único que hace es mantener el musical tal cual sin pedirle a los guionistas que cambien nada en su traslación a la gran pantalla. Y todo lo que puede que funcione en la lejanía de la representación teatral no tiene traslación en el relato cinematográfico. Lo siguiente que olvida Hooper es que está haciendo un musical, lo que implica no solo armonía musical sino armonía narrativa y de puesta en escena. Los números musicales de Los Miserables destacan por su absoluta mediocridad en cuanto a planificación y montaje. Uno recuerda el último musical que vio en el cine, la muy imperfecta Nine, y echa de menos la labor de un señor que al menos sepa coreografiar un número musical. No hablo de bailes, hablo de ritmo y fluidez en las imágenes. En Los Miserables todo está musicalmente acartonado algo que se hace patente en los números corales como el de las prostitutas o el de la cantina donde la falta de talento de Hooper se hace patente.

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Pero en un alarde de ego autoral y de absoluta mediocridad moral, Hooper da un puñetazo en la mesa a la hora de imponer su visión como director esclavizando Los Miserables al más absoluto de los fracasos. Lo que diferencia el cine de el teatro es básicamente un elemento clave del que fueron conscientes hasta los pioneros del cinematógrafo: el primer plano, es decir, la capacidad de poder acercarnos al actor, y por tanto al personaje, hasta límites indecentes para ser partícipes de sus vivencias. El primer plano es un subrayado, una llamada de atención sobre algo a lo que tenemos que prestar atención, un acercamiento que nos aísla del contexto para que sepamos que lo que está pasando es relevante.

Con la idea de dejar claro su status de director importante Hooper rueda el 90% de Los Miserables en primeros planos ahogando cualquier capacidad de gradación posible. Es como el mal estudiante que cuando le pides que subraye un texto llena la libreta de colores fosforescentes sin matizar qué es relevante y qué es accesorio. Para Hooper todos los momentos de Los Miserables son merecedores de ser narrados en primer plano y esto funciona en dos momentos puntuales: sólo en “I dreamed a dream” de Fantine y “On my own” de Eponine. Pero funciona no por la labor de Hooper sino por las hermosas partituras de ambas canciones y la superlativa labor de ambas actrices, Anna Hatthaway y Samantha Barks, respectivamente. Esto provoca una asfixia narrativa donde la capacidad de emoción es anulada totalmente.

A la hora de malgastar el talento ajeno ni siquiera el vestuario o la decoración se salvan. No tenemos oportunidad de apreciar una estimable ambientación en ningún sentido y el par de veces que Hooper decide mostrar un poco la ciudad de París lo hace usando un espantoso 3D que canta la traviata. Quizás todo el presupuesto se fue en el reparto o parece que Hooper no sabe que hacer con 60 millones de dólares.

Al final lo poco salvable de Los Miserables es lo poco que Hooper no puede echar a perder. La música y las canciones son las que son y ahí poco se puede mejorar o destrozar. El otro apartado son los actores. Hugh Jackman y Russel Crowe son dos señores con tanta presencia que exudarían carisma hasta con una bolsa de patatas cubriéndoles la cabeza. Ambos se esfuerzan sobremanera por dar algo de vida a sus personajes. Por su parte, Anne Hathaway tiene la suerte de que el personaje de Fantine sea breve y que le toque interpretar la mejor canción de toda la función: como ya he dicho su “I dreamed a dream” es el momento cumbre de Los Miserables debido a una actriz en estado de gracia y una bellísima canción. De Victor Hugo ya ni hablamos porque el pobre brilla por su ausencia. Aquí no hay ni retrato social ni cuento moral ni nada que se le parezca.

Decir que Tom Hooper es un miserable sería hacer un chiste demasiado fácil e incluso darle demasiado mérito. Muchos dicen que Michael Bay o Zach Snyder son un cáncer para el cine pero el verdadero mal se llama Tom Hooper. Sólo hay que recordar que este hombre le robó un Oscar como mejor director al mismísimo David Fincher por la sobrevalorada El discurso del Rey. De verdad que no salía tan cabreado de un cine desde hace mucho tiempo