Los consejos de Alice, el alcalde y la millennial

Con su segundo largometraje, sorprende el pulso y medida del director (París, 1974), que también escribe esta pieza originalmente titulada Alice y el alcalde. Efectivamente, estos son los dos personajes sobre los que pivota la acción de Los consejos de Alice: una joven licenciada en Humanidades que ha dado clases de Filosofía y Paul, un hombre de mediana edad que lleva años como alcalde de Lyon, la segunda ciudad más importante de Francia.

Los consejos de Alice

El destino les convoca de una forma curiosa: Paul sufre una crisis de ideas, no tiene energías ni imaginación para proponer nuevos proyectos en su ciudad, siente que se ha agotado su fuerza política y ha entrado en una rutina bastante estéril. Contrata a Alice para salir de ese punto muerto, pero ella es novata en política, asiste asombrada a los trasiegos de gente en el ayuntamiento y elabora unas “notas con ideas”… que hacen las delicias del alcalde. 

Lo que podría venir a continuación es una historia de amor en el terreno personal y algún tipo de transformación que uniera los destinos de estos personajes en el ámbito profesional. Pero el director y guionista se esfuerza: en vez de llevarnos por el argumento previsible, va haciendo quiebros y metiendo personajes —falsos obstáculo, como el antiguo amigo y el impresor artesano— para conseguir una historia de tono menor, con muchos apuntes de vida cotidiana y, sobre todo, para invitar a una reflexión pausada, nada intelectualoide, sobre la política y el poder, las relaciones sociales, el futuro de los millennials y hasta el propio el sentido de la vida.

Los consejos de Alice

Frente a discursos graves y dramatizaciones fuertes, Los consejos de Alice se presenta como una película simpática, ligera, pero no frívola ni simplona. El espectador agradece este tono, tan difícil de conseguir. Como también se aplaude la ponderación mostrada en el retrato del alcalde y del entorno político: no hay demagogia ni trazo grueso en esa figura burocratizada pero deseosa de reconvertirse, ni en la de Isabelle, la jefe de gabinete o los otros empleados municipales que recelan de la posición de Alice. Este personaje, con sus silencios, dudas y capacidad de escuchar —además de las frustraciones del pasado y de los deseos aún ocultos de formar una familia— resulta enternecedor, de esos tipos de ficción con los que cualquier espectador empatiza de inmediato. Anaïs Demoustier está a la altura del gran Fabrice Luchini, un tipo de la vieja escuela capaz de componer con muchos matices. Dos intérpretes en estado de gracia para dos personajes que nos ganan en la primera bobina.