Las tres dimensiones del espacio Berlanga

Seremos capaces de celebrar debidamente los centenarios de literatos, artistas o pensadores si evitamos los panegíricos, las alabanzas desmedidas y cualquier forma de canonización laica para indagar en la singularidad del creador y valorar la actualidad de su legado. No hay que sobreactuar con los adjetivos encomiásticos ni llevar a la figura justamente homenajeada a ningún Olimpo de inmortales, mucho más si, como es habitual, presenta luces y sombras. Dicho esto, nos congratulamos con el centenario de Berlanga, el cineasta español de personalidad más acusada después de Buñuel, aunque haya otros quizá con una filmografía más completa, como es el caso de Carlos Saura, o donde su figura y sus películas suman un buen resultado, como en Almodóvar. Pero, lejos de toda unidimensionalidad, Berlanga es complejo, con contradicciones y dimensiones de diversa naturaleza que difuminan las líneas del creador y el personaje público, o la propia identidad como cineasta.

1. Un personaje construido

Acabamos de celebrar los cien años del gran Federico Fellini (1920-1993) y este mes se cumple el primer siglo de Luis García Berlanga (1921-2010). Dos cineastas de la misma generación con una forma próxima de comprender y hacer cine, crecidos en contextos sociales muy paralelos y en espacios vitales y culturales próximos. 

Berlanga

El Mediterráneo colorista y carnavalesco, la crítica a la hipocresía social, la aceptación natural del sexo sin remilgos, el gran teatro del mundo y el gusto por el espectáculo, los “raros y curiosos” tratados con ternura… son muchos los elementos comunes de estos dos cineastas. No por casualidad cada uno ha generado un adjetivo ante la inexistencia de otro que lo definiera: “felliniano” y “berlanguiano” (aceptado éste por la RAE hace unos meses); y tampoco por casualidad Joaquín Sabina en su tema “Más de cien mentiras” unía estos dos nombres al señalar entre las cosas por las que no hay que cortarse las venas, por las que vale la pena vivir, «monjas de Fellini, curas de Berlanga». Celebrar los dos centenarios en continuidad y revisar sus películas resultará muy estimulante para los cinéfagos.

Presiento que, además de valorado como uno de los grandes del cine español,  Berlanga es un director admirado y popular; pero cuya imagen pública queda un tanto desdibujada, con facetas diversas a la vez, silencios, contradicciones y buena dosis de máscara. Además, como se sabe, Berlanga hizo de sí un personaje cultivando cierto aire bohemio y frívolo, despreocupado por las películas y hasta quitándose méritos (“fanfarrón negativo” lo llamaba Bardem). En buena parte de las entrevistas y en los libros de conversaciones respondía desde el capricho de la subjetividad más que desde la realidad de los hechos.

Se reedita ahora el trabajo de Manuel Hidalgo y Juan Hernández Les El último austrohúngaro (Alianza), unas conversaciones que indagan en la figura de Berlanga a través de las películas —como no podía ser de otro modo— pero yendo más allá de ellas. Las conversaciones lo muestran tal cual era: a ratos huidizo y olvidadizo, a ratos brillante y certero en la comprensión de su propio cine. Hidalgo y Hernández Les hicieron un espléndido y necesario trabajo que ha servido como documento para la historia del cine español, sin embargo, el lector atento aprecia no pocos silencios. Como los que contiene el último Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias de este año: el trabajo de Miguel Ángel Villena Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente (Tusquets) que, lamentablemente, no aporta nada nuevo a lo ya sabido y publicado. En fin, Berlanga es, también un personaje, aunque lo más interesante, como en cualquier creador, sean sus obras.

2. Una decena de obras maestras

En una filmografía relativamente breve —diecisiete largometrajes, los dos primeros en coautoría con Juan Antonio Bardem, además de algunos cortos, episodios y series— se aprecia una notable evolución y entregas desiguales. No es fácil meter en el mismo molde al director de Esa pareja feliz (1951) y al de París-Tombuctú (1999): casi medio siglo es mucha distancia. Precisamente porque no se trata de canonizar al cineasta valenciano, habrá que reconocer películas que han envejecido muy mal —perdido el humor, Novio a la vista (1954) se ve con esfuerzo— otras que quedan ancladas en el estilo de cine de su época, como la alegórica Tamaño natural (1974), y hay ejemplares que tratan de repetir éxitos anteriores con fórmulas agotadas, como las sátiras corales Moros y cristianos (1987) y Todos a la cárcel (1993), por más que aplaudamos algunas secuencias, diálogos y personajes con fuerza. Incluso está el caso La vaquilla (1985), claramente una película rodada con años de retraso, lo que llevó a una recepción más reticente de la que merecía; o el de ¡Vivan los novios! (1970) que parece deudora del de la Tercera Vía impulsada por Dibildos, aunque ciertamente el final esperpéntico con el contraste entre el entierro tradicional y los despreocupados turistas en bañador sea puro Berlanga. El mismo director se pasó media vida echando pestes de La boutique (1967), que debe ser la película suya menos vista. Berlanga no tiene una filmografía irreprochable en su conjunto como Fritz Lang o Billy Wilder.

Berlanga

En todo caso quedan, al menos, diez espléndidas películas, principalmente de los 50 y 60, que es la época, a mi juicio, en que Berlanga da lo mejor de sí con sus comedias críticas, herederas de cierto neorrealismo, nutridas por un humanismo que pone ternura en los personajes, lo que se pierde un poco en La escopeta nacional (1978) y, definitivamente, en Todos a la cárcel, cuyos tipos terminan en caricatura sometidos a una implacable mirada ácida. Los espectadores pueden preferir el talante optimista de Calabuch (1956) a la más árida El verdugo (1963); como pueden optar por la mascarada de todo un pueblo ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1951) por delante de los avatares de la familia de Plácido (1961), y habrá quien prefiera la crítica social de Esa pareja feliz a la más complaciente sátira de Los jueves, milagro (1957). Pero se trata de obras maestras que resisten el paso del tiempo, escritas con oficio y rigor, sin arritmias ni lagunas, son testimonios de una época, dialogan con el espectador desde el humor y nos convencen por su capacidad para empatizar con los más humildes.

3. Un estilo, el mundo de un autor

La admisión en el diccionario del adjetivo “berlanguiano” es la constatación práctica de la existencia de un creador con personalidad, de un autor (por más que él rechazara esta categoría, apostase por la industria y hasta defendiera el cine de Mariano Ozores). Aunque antes y ahora las plataformas cultiven y exijan “cine de género”, formatos de entretenimiento estandarizado y destinado a un público cada vez más universalizado, no cabe duda de que siempre hay y habrá creadores que dejan la impronta de su personalidad en las obras. Decir “personalidad” en este contexto equivale tanto a un estilo o forma artística como a una visión de la realidad conformada por convicciones, valores éticos, ideas políticas… maneras de ser y estar en el mundo. 

Berlanga

Berlanga presumía de rodar con cierta improvisación, pero como señalaba Manuel Gutiérrez Aragón en su artículo significativamente titulado “Del caos al milagro” (El Cultural, 21-5-2021), «La puesta en escena de Plácido es altamente sofisticada y cuidadosa, lo que ocurre es que no se nota. Quizá en eso consista la madurez de un artista, en que las cosas más complejas y cuidadosamente construidas parezcan naturales y sencillas». Desde luego, los célebres planos secuencia que fueron más complejos y abundantes según evoluciona esta filmografía requerían exigentes ensayos en los que conjugar los diálogos y movimientos de los personajes.

Este es un cine muy oral, son películas para escuchar, pues los diálogos tienen alusiones veladas, réplicas de detalle o frases circunstanciales que no es raro que proporcionen claves sobre la historia, al margen de la magia de la elipsis —el llamado «efecto Lubitsch»—: siempre me río al escuchar la respuesta del paisano «Entonces, una mula» cuando rechazan lo que ha pedido a los americanos en ¡Bienvenido, Mr. Marshall!, o la pregunta del sastre en la prueba de la sotana («¿Molesta la sisa?») en El verdugo. Esos textos tienen más fuerza pronunciados con los timbres específicos de los actores secundarios que con tanta sabiduría pueblan las películas de Berlanga, tanto las de esos años 50 y 60, como las más corales de los 80 y 90. Algunos como Cassen, López Vázquez, Elvira Quintillá o Alfredo Landa prácticamente se iniciaron en repartos del cineasta valenciano; otros tuvieron el papel de su vida (Pepe Isbert) o brillaron con especial carisma (Luis Ciges, Manuel Aleixandre, Manolo Morán). 

Son películas que testimonian una época y unas relaciones sociales muy concretas, en evolución desde la campaña navideña ‘Siente a un pobre en su mesa’ de Plácido a la cacería para lograr favores de los políticos en La escopeta nacional. Pero en la sociedad de cualquier época aparece el individuo como víctima de la colectividad; no hay esperanza en instituciones ni comunidades, lo que lleva a ver a Berlanga como un “ácrata de derechas” o a ponderar un individualismo que, por otra parte, es coherente con su timidez y cierto ensimismamiento.

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