Las brujas de Zugarramurdi, ¿en qué piensan las mujeres?

Que Alex de la Iglesia, como si fuese un Kubrick hispano, confía cada vez menos en el ser humano parece evidente si echamos un vistazo al desarrollo de su filmografía. Que un cineasta, aunque esté escudado en el humor, dispare a todo lo que se menee es una bendición. Pero es que además, De la Iglesia no pierde de vista al público que, merecidamente, ya ha encumbrado a Las Brujas de Zugarramurdi como una de las películas españolas más exitosas del año.

Desde la visionaria El día de la bestia (recordad dónde nacía el diablo), De la Iglesia viene trazando una especia de historia de Madrid usando sus referentes arquitectónicos: si en El día de la Bestia eran las Torres Kío y en La Comunidad sus tejados, en Las Brujas de Zugarramurdi una alocada Plaza del Sol sirve como punto de inicio de un viaje desde una ciudad desalmada a una España profunda no menos deshumanizada. De todos modos, la escasa empatía que conseguimos tener con todos los deleznables personajes de la película no impide que disfrutemos de sus aventuras.

Las brujas de Zugarramurdi

Resulta curioso que De la Iglesia y su guionista habitual, Jorge Guerricaechevarría, se muestren más sueltos e ingeniosos en todo el tramo del viaje que encierra a sus personajes en el espacio cerrado de un coche, que en el surrealista encuentro con las brujas en la amplia mansión. Es en esa hora inicial donde vemos a un divertidísimo Mario Casas como uno de los puntos fuertes de Las Brujas de Zugarramurdi. En cuanto éste pierde protagonismo en la segunda parte y Carmen Maura se muestra como maestra de ceremonias la película comienza a sufrir baches de interés, no demasiado graves, pero sí lo suficiente para que Las Brujas de Zugarramurdi no sea una película todo lo redonda que podría ser. Tampoco ayuda demasiado que Hugo Silva tome mayor peso conforme avanza la trama, no por culpa del actor, que está bastante correcto, sino porque su personaje termina siendo el menos interesante de todos los magníficos secundarios que pueblan la película.

Al final, lo que más me llama la atención de Las Brujas de Zugarramurdi es su discurso rozando lo misógino y totalmente misántropo. Me encantaría que algún experto (o experta) en temas de género hiciese un análisis de la película; os aseguro que sería una lectura bastante interesante. Esa ambigüedad en cuanto a por qué De la Iglesia hace ese cruel retrato del género femenino (y de paso del masculino) es la que casi hace grande a Las Brujas de Zugarramurdi: como buen artista, De la Iglesia nos lanza preguntas mediante los actos y discursos de sus personajes pero no nos da las respuestas. Nosotros como espectadores, llenos de incomodidad en muchos momentos, no sabemos cómo tomarnos las conversaciones de Casas, Silva y Ordóñez sobre lo mal que les han tratado las mujeres o la soberbia acumulación de tópicos del par de discursos que se marca una inspiradísima Carolina Bang. Así, nos quedamos sin saber en qué piensan las mujeres ni en qué piensa De la Iglesia. Y eso está bien.