La virgen de agosto, cine minimalista en tensión

Como se sabe, el día 15 del octavo mes del año medio país celebra, con diversas advocaciones, la fiesta de origen pagano de final de las cosechas. En el caso de Madrid se trata de la Virgen de la Paloma, que se suma a san Lorenzo y san Cayetano, que también cuentan con templos en los barrios señeros de Lavapiés y La Latina. Popularmente es la virgen de agosto, nombre que aquí también se refiere a la protagonista del filme: Eva, una treintañera que pasa la primera quincena del mes en un piso que le han prestado.

Los carteles iniciales del filme marcan el lugar, con las fiestas madrileñas señaladas y, a lo largo de todo el metraje, señalan uno a uno los días de agosto entre el primero -en que Eva se muda al piso prestado- y el 15, en que se interrumpe el filme (aunque no la historia) con la celebración de la Virgen de la Paloma. En medio, se van narrando, de forma fragmentaria, diversos episodios en la vida de una chica de quien ignoramos completamente su pasado o sus relaciones y circunstancias. La película siempre está en tiempo presente y, al hilo de los encuentros con otras personas, se proporcionan algunas informaciones, como que es madrileña, va a hacer 33 años y quiso ser actriz pero renunció a ello. Eva empatiza con una vecina extranjera, se reencuentra con una vieja amiga, ahora madre de un bebé; en una verbena se hace amiga de dos tipos: un inglés y un galés que habla perfecto español; coincide en la entrada de un cine con Luis, con quien tuvo una relación sentimental; vive un día de excursión en el río con los británicos, su vecina, el bebé y su madre; y, una noche, en el viaducto de la calle Bailén aborda a un chico que ha traspasado la mampara de protección. Con este joven, que también es actor y sirve copas en un bar, inicia una relación a partir de que alquila una habitación en el piso donde vive.

Escrita al alimón entre el director y la omnipresente actriz/personaje Itsaso Arana, La virgen de agosto es una propuesta de cine minimalista que trata de plasmar la condición itinerante y provisional en que se mueve la generación de treintañeros. Creo que esa situación que la película concreta en esos quince días de Eva cambiando a una casa que no es suya e iniciando unas relaciones nuevas de futuro incierto, responde a las expectativas de precariedad y caducidad de los trabajos a los que pueden aspirar los así llamados millennials en el ámbito laboral, y a las incertidumbres e inseguridades que se presentan en la esfera más personal o sentimental. Entre la salida del nido familiar, a los veintitantos, y la estabilidad de una situación con o sin familia propia hay un lapsus que es esa larga treintena presidida por el nomadismo, un deambular que es huida (o, simplemente, renuncia o superación) de situaciones pasadas y una búsqueda indecisa, confiando más en el capricho del azar que en los resultados de apuestas personales, de un futuro personal o profesional medianamente gratificante. 

El guion opta por la desdramatización (no hay conflicto, no hay personajes definidos, no hay causalidad en la narrativa) muy en coherencia con el deambular de Eva. El avance de la historia es muy liviano y exige un espectador atento, lo que la película consigue gracias al poder comunicativo de una conseguida naturalidad, logrado sin énfasis ni artificios. Sólo en el tramo final, a partir de la secuencia del viaducto y como concesión a las expectativas del público habitual, se plantea algo parecido a un conflicto dramático, con su dosis de intriga, tanto por la ambigua presentación de un posible embarazo como por el devenir de la pareja que parece iniciarse. El relato concluye casi cuando comienza la historia, en un muy coherente planteamiento “nuevaolista” de índole rohmeriana; por ello la película que dura dos horas cumplidas podía extenderse otra más o quedarse en 50 minutos. 

La virgen de agosto

Es la apuesta de Jonás Trueba y del cine minimalista de su generación (Marc Recha, Albert Serra, Daniel Villamediana, Gabriel Velázquez, Javier Rebollo, Roger Gual o Alberto Morais) siempre en tensión hacia la no ficción, hacia la comprensión de que una película es también el documental sobre su filmación, hacia una experiencia estética que busca transmitir y vivenciar emociones o hacer crónica de situaciones personales antes que contar historias. Una apuesta legítima y creativa, aunque con dificultades para encontrar su público. Trueba empezó con Todas las canciones hablan de mí (2010) que consigue 35.000 espectadores; los tres títulos siguientes (Los ilusos, 2013; Los exiliados románticos2015 y La reconquista2016) no logran sumar la mitad de esa audiencia. Con todo, un cine con interés y autenticidad que pide y exige espectadores más activos y dispuestos a hacerse preguntas o a sintonizar con personajes (o con personas, pues, deliberadamente se diluyen las fronteras).