La vida de Pi, agridulce cuento envenenado

En la que probablemente sea una de las mejores películas de aventuras de todos los tiempos, El hombre que pudo reinar, un viejo le narraba a Rudyard Kipling su peripecia en la India como soldado del Imperio Británico. Similar técnica usa Ang Lee para contarnos la vida de Pi que al igual que aquella está narrada con la subjetividad que implica la primera persona.

El contexto hindú es otra más de las coincidencias con la Obra Maestra de John Huston aunque en este caso el enfoque no es para nada el de un colonialista. Afortunadamente nos encontramos en las antípodas de la turística Slumdog Millionaire y Lee se empapa de la mística y la idiosincracia hindú. Increíble lo de este taiwanes que parece conocer tan profundamente el alma humana que le da lo mismo situar sus películas en el Oeste americano, en su Taiwan natal o en un mundo de tebeo.

La vida de Pi es una película principalmente espiritual, lo que sea que esto signifique. Pi, su protagonista, es un joven obsesionado con las religiones hasta el punto de hacerse budista, cristiano y musulmán. En realidad esto no es más que la típica búsqueda de respuestas que emprenden la mayoría de seres humanos llevado al límite. Y al límite tendrá que llegar Pi cuando se convierta en un naufrago acompañado de una cebra, una hiena, un mono y un tigre.

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Es en la parte del naufragio de Pi donde Lee demuestra todo el potencial de la historia tanto visual como narrativamente. La vida de Pi es una película de una belleza exhuberante y abrumadora. Y aquí el 3D es donde se revela en todo su esplendor. Lee aprovecha todos los recursos posibles sin miedo ni pudor: ya sea lanzándonos a la cara a Richard Parker, el tigre, y deslumbrándonos con la inmensidad del paisaje oceánico.

En este párrafo habrá unas leves palabras espoileadoras. Pero es en su tramo final donde se encuentra la verdadera miga de la cinta. En todo momento la historia está contada desde el escrupuloso punto de vista de Pi y es en su giro al llegar al hospital donde se rompe el buenrrollismo y la cruda realidad nos pega un zarpazo bien fuerte. Es en este bajón final donde el mensaje de superación que parecían querer darnos se cae como un castillo de naipes y La vida de Pi se revela como una reflexión sobre la crueldad de los recuerdos, cómo hacer frente a ellos y el poder de la imaginación.

 

La vida de Pi es de estas películas que no dejan de ser un caramelo envenenado. Un sabroso sabor agridulce que gustará a todos los públicos aunque no sea un cuento con final feliz.