La perfección, la trampa como estilo

Los 90 fueron la época de los thrillers psicológicos rebuscados, giros locos y malos más listos que el espectador, con Instinto básico como principio y fin de algo que solo el tándem Verhoeven-Eszterhas supo hacer bien. Los mil y un remedos que nos tuvimos que comer terminó agotando el subgénero y hasta en España tuvimos en Amenábar un discípulo aventajado con sus dos primeras películas. Los 90 vuelven a nuestra mente también al contemplar el remozado logo de Miramax (ya sin edificios, solo tipografía) que inevitablemente trae a nuestro recuerdo el inefable apellido Weinstein. Para los que vivimos esos años, La perfección se asemeja más a un ejercicio de estilo, con la estilización propia del no-estilo de Netflix, que intenta recuperar ese juego del gato y el ratón con el espectador a la vez que cobrarse una sarcástica venganza con el que en aquel tiempo fue uno de los hombres más poderosos del nuevo Hollywood indie.
La perfección Netflix

El duelo entre dos violoncelistas es la base de la película de Richard Shepard. De la admiración al deseo hay un paso y, como no podía ser menos, La perfección también juega en el terreno erótico, quedándose muchos escalones por debajo de lo que la película de Verhoeven antes mencionada ofrecía. Así, tras los compases iniciales, la película irá yendo para adelante y para atrás, de forma claramente tramposa. Y en nuestra mano está aceptar la falta de reglas. Shepard fragmenta el relato con la única intención de cogernos desprevenidos y volarnos la cabeza cada veinte minutos, como si se tratase de una miniserie de cuatro capítulos de 22 minutos. Si aceptamos pulpo como animal de compañía, nos lo pasaremos muy bien, eso sí.

La perfección, como hija de su tiempo, apunta mucho más que dispara, proporcionando una imagen aseada muchas veces cercana al filtro de Instagram, una constante de Netflix. Shepard toma prestado de todos los directores malsanos que se nos vengan a la mente: las dobles focales de De Palma, la nueva carne de Cronenberg, las reflexiones sobre el arte de Aronofsky e incluso afirmaría sin rubor que algo hay de Jennifer Lynch, hija de David. Nuevamente, podemos enfadarnos mucho con la desvergüenza del director de algunos episodios de Girls y Ugly Betty (fascinante la filmografía de este hombre) o la mediocre Don Hemingway

Como no podía ser menos en los tiempos que corren, poco se puede decir de La perfección sin caer en los malditos spoilers que tanto obsesionan al público actual. Pero en el fondo también es su razón de ser; sus retruécanos inesperados, sus volantazos arbitrarios lo son todo. Lo que puede dejar a La perfección en la nada si no aceptamos sus reglas totalmente nihilistas. 

La perfección Netflix

No puedo dejar de afirmar que un servidor disfrutó con una sonrisa de oreja a oreja durante sus 90 minutos, se llevó la mano a la cara de incredulidad unas cuantas veces soltando una carcajada con su descacharrante final. Pero uno no puede dejar de pensar qué podría haber pasado si aquí hubiese habido un verdadero discurso más allá del efectismo de guion: una reivindicación feminista de manual y una imagen falsamente estilizada. Pero para un domingo por la tarde tontorrón nos vale.