La cordillera, célebre dualidad masculina

No sé si esto sea un spoiler en sí mismo, pero La cordillera no es una película para los espectadores que necesiten lógica narrativa y, especialmente, clausura. Precisamente por esto, personalmente la he disfrutado como una estupenda muestra de cómo hacer buen cine sin recurrir a giros bruscos de los acontecimientos, o a la espectacularidad de estos mismos. De todas formas, aunque no sea yo muy amiga de heroificar a los actores más allá de sus habilidades interpretativas, lo cierto es que Ricardo Darín podría interpretar a un zapato durante tres horas y la película sería maravillosa.

La cordillera

Probablemente Ricardo, que es un señor carimástico, célebre y privilegiado, conozca muy bien las emociones que atraviesa el protagonista de La cordillera, Hernán Blanco, el presidente de la República Argentina en esta ficción. Tanto él, como el resto de presidentes de las naciones de América del Sur, acuden a una cumbre para la creación común de una entidad pública petrolera que responda a los verdaderos intereses de los estados sudamericanos, y por fin se establezca una institución firme, capaz de frenar el extractivismo norteamericano y occidental, que invierta las fuerzas del poder mundial que conocemos hoy entre el norte y el sur. Temas que conocemos bien, la lucha eterna de la identidad latinoamericana y su paradoja frente al sistema mundial: la tierra con los recursos naturales más ricos y los pueblos más pobres y vulnerados. Pues bien, Santiago Mitre, quien afirma haber conocido en profundidad la política latinoamericana de élite, ha sabido llegar al quid de tan magna y devastadora cuestión, retratando, principalmente, la intimidad de un personaje que convive con una dualidad constante, muy parecida a la paradoja de la pobreza.

El presidente Hernán Blanco es presentado como uno de esos políticos carimásticos y queridos por el pueblo, porque tienen un pasado de estrato bajo y trabajo duro para llegar a la cima de la pirámide social. Sin embargo, internacionalmente y en la prensa, no es visto como algo mucho más que eso: un líder populista con una fuerte campaña contra la pobreza, de la que él proviene (una visión muy europea y estereotipada de los líderes latinoamericanos, que está muy lejos de la realidad). La templanza, la falta parcialidad y los largos silencios dibujados en una sigilosa media sonrisa, hacen de Hernán el símbolo de un hombre aparentemente común: el presidente Blanco, como blanca y fría es la cordillera, sin matices, neutro, sin ímpetu ni liderazgo. Sin embargo, lo blanco es también infinito en potencial, y por supuesto, mucho más fácil de ensuciarse.

La cordillera

La película de Mitre es un íntimo acompañamiento al protagonista, en el que dudaremos constantemente de su honestidad política, de lo turbio de su pasado e incluso de su dignidad humana, sin que le veamos involucrado en ningún evento impactante o delator. Mitre quiso añadir lo paranormal, para terminar de moldear esta sensación de duda y extrañeza, y no le salió del todo mal, si bien habría sido mucho mejor no escatimar en sutileza.

La cordillera es un buen ejercicio de lo que algunos tacharían de cine “lento”, pero cine lento en movimiento, en movimiento mental, y moral. Una duda persistente y razonable, que nos involucra en un juicio personal hacia un hombre que, prácticamente, no hace nada que merezca tal perspicacia. Bien hecha, un guión soportado por el mismo misterio que evoca la elegancia y el silencio de las cumbres andinas nevadas.