Justin Bieber: Never say never, de éxitos y frustraciones

Lo fácil sería ver esta película lleno de prejuicios y con ganas de poner a parir a todos los que se le haya ocurrido perpetrar este documento. Las fobias que desata el joven cantante vienen más propiciadas del repelús que provocan sus fans que él mismo. Porque Justin Bieber no deja de ser un chavalín de 15 años que canta como un angel, baila extraordinariamente bien y toca varios instrumentos. Eso es lo que nos muestra este ameno documental, que el niño tiene talento y que a la vez se ha visto desbordado por una horda de fans.

El fenómeno fans es tan antiguo como la música, desde los Beatles a Take That, pasando por el imprescindible Michael Jackson. Lo que acertadamente nos muestra Justin Bieber: Never say never es el cambio de los tiempos. Bieber es fruto del mundo 2.0 y aquí radica la parte más interesante del documental. Ver cómo las niñas toman el poder de a quien quieren aupar al estrellato, completamente ajenas a los mecanismos de la industria, que va un paso por detrás. Obviamente, Bieber termina engullido por la maquinaria promocional pero no deja de ser consciente de que está ahí gracias a sus millones de seguidoras.

Las redes sociales, con Twitter y Youtube a la cabeza, han sido las herramientas que han aupado a Bieber al estrellato. Todo esto es perfectamente mostrado por el documental, donde se nos muestran los días anteriores a un concierto en el mítico Madison Square Garden neoyorquino. Las reticencias iniciales de las discográficas y las emisoras, los pequeños bolos en centros comerciales y el progresivo ascenso de Bieber son documentados como un logro de sus seguidoras.

Lo curioso es la escasa importancia que el aspecto musical acaba teniendo en la película y, paradójicamente, es lo que lo hace soportable a los que no nos agrade especialmente la música del joven canadiense. La realización del concierto es tremendamente espectacular pero pocas veces vemos los procesos musicales de la carrera de Bieber. ¿Quién ha escrito las canciones? No llegamos a ver casi a ningún músico, aparte de los del concierto, y no nos queda claro si Justin compone sus canciones o tiene a un equipo de profesionales detrás a los que ni siquiera se nombra.

Justin Bieber: Never say never no deja de ser un retrato amable pero enormemente interesante de los tiempos que vivimos. El ascenso y cumplimiento del sueño de un niño siempre es algo agradable de ver. Pero a su vez a mi me deja un poso amargo el ánimo que éste da a los demás para que sigan sus ilusiones. Por cada Justin Bieber exitoso habrá cien mil jóvenes cuyos sueños acabarán quedando por el camino. Toda una cantera de frustrados que se tendrán que conformar con ver a la estrella de turno desde la mediocridad de sus vidas.