Juego de armas, a medio gas

Qué de sentimientos encontrados me ha despertado Juego de armas. Por un lado, ya iba siendo hora de que Todd Phillips se alejara un poco de la comedia chorra que había caracterizado hasta ahora gran parte de su carrera. El director ya había demostrado mediante pequeñas pinceladas en sus películas más infravaloradas que si le daba la gana podía rodar buenas escenas de acción (Salidos de cuentas) y que tenía buen pulso para el thriller (lo avalan la tensión y crudeza de algunas escenas de, os lo creáis o no, R3sacón). Por otro lado, y aunque el material de partida fuera la mar de interesante, la película no termina de estar a la altura. Y da un poquito de rabia, para qué nos vamos a engañar.

Juego de armas

Juego de Armas nos cuenta la historia real de David Packouz (a ver si localizáis su cameo en la cinta) y Efraim Diveroli, dos jóvenes traficantes de armas de poca monta y chanchulleros a más no poder que acaban consiguiendo un contrato millonario con el Pentágono. Básicamente, con esta película Phillips se ha marcado su propio El Lobo de Wall Street pero con armas y menos gracia.

La química entre Miles Teller y Jonah Hill es el pilar sobre el que sostiene la cinta. Por suerte, esta extraña pareja se encuentra en estado de gracia y consiguen levantar el nivel de un guión con evidentes problemas de ritmo y unos cuantos más de tono. La presencia de se corona como la parte menos interesante de toda la película, tanto a nivel de trama como de interpretación. Menos mal que sale tan poco que no le da tiempo a cargársela del todo. tiene también un pequeño aunque muy importante papel (que huele de lejos a favor de colega) con grandes momentos para lucirse.

Juego de armas

Un recurso del que Phillips tiene que librarse ya es el de la cámara lenta. En Resacón en Las Vegas era gracioso ver a la manada caminando mientras sonaba música molona de fondo. En Juego de Armas también la tiene. La primera vez. Pero cuando el 47% del metraje (apenas exagero) consiste en una sucesión de montajes musicales nos acercamos peligrosamente al Síndrome Escuadrón Suicida, cuando una película parece una versión extendida de su propio tráiler.

No me malinterpretéis, Juego de Armas tiene escenas poderosas (la persercución a media película o sus últimos cinco minutos), momentos divertidos (casi todo lo relacionado con el personaje de Malrboro), buenas actuaciones, buena banda sonora y una historia real que te deja el culo de lo más torcido. Lo malo viene cuando todas sus virtudes quedan diluidas en un metraje algo más extenso de lo que debería, un montaje que en lugar de amenizar la trama la ralentiza y un tono mal definido en el que la mezcla entre comedia, drama y nunca acaba de cuadrar como debería.

Al final tenemos una película de lo más correcta, pero que se queda a medio gas en todos los aspectos. Mentiría si dijese que no la he disfrutado, mentiría aún más si dijese que la quiero volver a ver.

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