J. Edgar, descompensado relato histórico y personal

Por mucho que se empeñe, o nos empeñemos sus seguidores, el punto fuerte de Clint Eastwod no es el retrato histórico: Banderas de nuestros padres o Invictus demostraban que el esfuerzo del basado en hechos reales no eran suficiente para sacar a relucir la maestría demostrada otras veces. Sólo Cartas desde Iwo Jima parece haber superado la barrera que la historia le pone a Clint. Desgraciadamente, J. Edgar también pertenece al grupo de películas que quieren ser grandes y se quedan por el camino.

Ya sabemos que en el cine ni la intención ni los mimbres lo son todo. DiCaprio delante de las cámaras no suele fallar y en este caso no lo hace interpretando un personaje potente y complejo, tanto personal como históricamente. Con Eastwood detrás de la película tenemos la seguridad de que no nos encontraremos con un retrato complaciente y que formalmente todo estará en su sitio. ¿Qué falla en J. Edgar? Pues una falta de compensación entre el apartado personal del personaje y el contexto histórico.

La persona de J. Edgar Hoover es en si misma fascinante. De estos personajes contradictorios que da la Historia de los EEUU. Ver cómo este hombre pasó por encima de ocho presidentes de los Estados Unidos, cómo ejerció su poder y cómo justifica todos estos actos. La forma narrativa que elige Eastwood es compleja y no termina de cuajar: el propio personaje en su vejez va contando a los autores de su biografía diferentes aspectos de su vida. Así, oímos de su propia voz sus razones para sus muchos deleznables actos y cómo engaña y se engaña a si mismo. El punto de vista siempre es el del personaje y en cierto modo el relato se contagia del carácter antipático de J. Edgar.

Los avatares personales de Hoover terminan siendo mucho más interesantes que los políticos. Su madre, su secretaria y, sobre todo, su pareja (laboral) nos muestran las diferentes caras de un personaje sometido, paranoico, seguro de si mismo, amante de la lealtad y, ante todo, patriota. Es en las escenas de dúos donde J. Edgar encuentra su voz y se muestra la sobresaliente película que podría haber sido.

Muestra de que la suma de las partes no siempre superan al conjunto, J. Edgar se queda a medio gas y aun siendo una buena película queda el sabor agridulce de ver destellos de maestría en algo que podía haber sido y no fue.