Irrational Man, tibio cuento moral (para ser de Woody Allen)

Dentro de la carrera de el tema del asesinato y sus consecuencias morales ha aparecido de forma más o menos recurrente: Delitos y faltas, Match Point o El sueño de Casandra son las muestras más evidentes de la preocupación del director neoyorquino por llevar al límite los efectos positivos que pueden acarrear el hecho de acabar con la vida de otra persona. No menos recurrente resulta la referencia a la mayor obra escrita sobre el tema, Crimen y castigo de Dostoyevski, que aparece mencionada de forma directa en las dos primeras, sugerida en la tercera, y, como no podía ser menos, también citada en Irrational Man.

En este caso, el personaje que se cuestiona sobre la licitud del asesinato es un profesor de filosofía que a base de argüir subterfugios lógicos y morales se convencerá a sí mismo de que hay ciertos casos en los que tal tiene su justificación. Así, el hecho de que el protagonista sea precisamente un profesor universitario permite a Allen poner a divagar a su personaje con tremenda naturalidad, ayudado por un intenso que se adapta a su personaje como un guante. La montaña rusa emocional por la que deriva su Abe Lucas que viaja de la depresión a la euforia demuestra porqué el actor es uno de los intérpretes más valorados en la actualidad.

Irrational Man

La muerte, el sexo, el azar y la angustia existencial también hacen presencia en Irrational Man, así como un negro sentido del humor que da a la película un carácter mucho más liviano que la cinta protagonizada por Scarlett Johansson, por ejemplo. Quizás sea esta uno de los mayores handicaps de la nueva película de Allen: una tibieza generalizada en el tono que no acaba de dar a la película ni el carácter de descacharrante a lo Misterioso asesinato en Manhattan, ni el hondo drama de Match Point. Además, al igual que su anterior película, Magia a la luz de la luna, volvemos a encontrar a en el papel de la joven fémina obnubilada por el maduro intelectual tan del gusto de Allen desde los tiempos de Manhattan.

Irrational Man avanza con ritmo moroso, a pesar de su poco más de 90 minutos de duración, entre citas a Kierkegaard, Kant o Camus, alguna que otra sonrisa cómplice y la sensación de que el material daba para más. Como ocurre a muchas películas de Allen, no solo las últimas, la brillante idea de partida no encuentra todo el desarrollo deseable. Aun así, siempre es más que agradable encontrar los viejos temas de siempre, con una nueva vuelta de tuerca, aunque sea un poco a medias.

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