“Hamilton” llega a Disney+ ¿qué significa esto para el futuro de los musicales en el cine?

En 2015 llegó Hamilton al teatro Richard Rogers de Nueva York, la magnum opus de Lin-Manuel Miranda, compositor puertorriqueño que ya se había abierto paso en Broadway cuando su primer musical, In the Heights, ganó cuatro Tonys en 2008, incluyendo Mejor Musical. En 2015 se estrenó Hamilton, un musical que usa el hip-hop y el rap para contar la historia de Alexander Hamilton, uno de los “padres fundadores” de Estados Unidos. El musical más exitoso de este siglo. El musical del que más se hablaba. El musical que llegó a recaudar $500 millones. El musical que todo el mundo escuchaba. El musical cuyas entradas estaban permanentemente agotadas. Poder ver Hamilton era un privilegio que pocos podían permitirse, a pesar de los intentos del propio Miranda, que sorteaba entradas a $10 para cada representación. Las entradas para Hamilton como objeto de deseo inalcanzable se convirtió en un gag

Lin-Manuel Miranda as Alexander Hamilton (Sara Krulwich/The New York Times)

No obstante, ya se puede ver en la plataforma de Disney+. En 2016, a dos semanas de que el elenco original de Hamilton empezara a irse a hacer otros proyectos, se grabó la obra entera de forma profesional. Durante años, esta grabación ha estado en limbo, esperando a ser comprada por algún estudio. Finalmente, en febrero de 2020 se anunció que Disney, por nada menos que $75 millones, había comprado los derechos y la estrenaría en otoño de 2021. Mientras tanto, una adaptación cinematográfica de In the Heights estaba prevista para estrenarse en salas este verano.

Pero, de pronto, 2020 empieza a hacer de las suyas. Una de las consecuencias: el cierre de los cines. El mundo consume contenido desde casa. Surgen iniciativas como las del National Theatre Live, o The Shows Must Go On, que cada semana emiten grabaciones de obras de teatro o musicales, respectivamente. El teatro como experiencia, durante estos meses, ha dejado de ser algo que se consume en vivo y en directo, y ha pasado a ser algo que consumimos en casa y a través de una pantalla, igual que el cine.

En mayo, pues, se anuncia que aquella carísima adquisición de Disney tendrá su estreno más de un año antes que lo previsto. El 3 de julio de 2020. Un día antes del 4th of July, o “America’s birthday”. Apropiado. La película de In the heights, igual que tantos otros estrenos cinematográficos, se retrasa para el verano de 2021. Una especie de intercambio de proyectos Miranda.

El medio es el mensaje

Dejemos de lado a Lin-Manuel Miranda por un momento y hablemos del teatro llevado al terreno audiovisual. ¿Qué le sienta mejor a un musical? Una grabación profesional de la obra completa (con varias cámaras y por tanto varios ángulos, con la posibilidad de añadir pequeños efectos especiales o hacer correcciones) puede llevar la obra a muchos más públicos. Puede hacer el teatro accesible a quienes por motivos económicos o geográficos no se puede acercar un rato a Broadway a ver qué echan hoy. Puede permitir que alguien que no tiene esa posibilidad pueda seguir alimentando o descubriendo su afición por el teatro musical.

Por otro lado, una adaptación cinematográfica puede llegar a incluso más públicos, y puede explotar las amplias posibilidades del cine como las múltiples localizaciones, la edición, movimientos de cámara, la emoción que un primer plano permite transmitir, o las múltiples bandas de sonido, entre otros. 

El filósofo y gran favorito en las facultades de comunicación, Marshall McLuhan, decía que “el medio es el mensaje”. Es decir, antes que el contenido de un proceso de comunicación, debe ser objeto de estudio el medio a través del cual se transmite. El teatro tiene sus particularidades, igual que todos los medios, pero lo más importante a tener en cuenta en comparación con el cine es que el teatro demanda que el público “suspenda su incredulidad” (traducción un poco cutre del concepto suspension of disbelief), es decir, el público debe aceptar que esos decorados son falsos, que quizás los actores usarán mímica o pantomimas para crear algunos espacios o acciones, que éstos mirarán hacia el público y no le darán la espalda… El público debe aceptar que el mundo que existe encima del escenario no es verosímil. Los musicales dan un paso más en esa dirección. ¿Qué es más inverosímil que cantar y bailar de forma espontánea? El teatro musical, por definición, supone entrar de lleno en el plano de la fantasía.

El cine como medio, tiende a ser más verosímil. No siempre, y no como norma general, pero en comparación con el teatro, el cine plantea el mensaje de forma más “natural”. Nos muestra espacios reales (o creados con la intención de parecer reales), los actores hablan de forma natural (en lugar de articular de forma que hasta la gente de los “asientos baratos” se pueda enterar) y sus interpretaciones pueden ser todo lo sutiles que quieran porque la cámara se puede acercar a recoger cualquier mueca. La “suspensión de incredulidad” que requiere del espectador es significativamente menor. No obstante, ahí están las películas musicales, en todo su esplendor y falta de realismo.

Musicales en el cine: un breve repaso histórico

Aunque la historia de las películas musicales está plagada de adaptaciones de Broadway, en los años tempranos del cine sonoro, las películas musicales (que ocupaban una significante parte de lo que se producía) estaban concebidos para la gran pantalla, como los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers para la RKO o La calle 42 (42nd Street, 1933) y Vampiresas 1933 (Gold Diggers of 1933, 1933) en Warner Bros, en las que las caleidoscópicas coreografías de Busby Berkeley se creaban teniendo en cuenta la posición o el movimiento que haría la cámara.

Los musicales se convirtieron durante la era clásica de Hollywood en una apuesta fácil, en un grandioso espectáculo que atraería a las masas. Para los 60, la producción estable de musicales había disminuido, pero películas de gran presupuesto como West Side Story (1961), My Fair Lady (1964) o The Sound of Music (Sonrisas y lágrimas, 1965), (tres ganadoras del Oscar a Mejor Película) y otras adaptaciones de grandes éxitos de Broadway mantuvieron la concepción de la película musical como inversión rentable. Sin embargo, los intentos de replicar dicho éxito fueron casi siempre fallidos. Esto supuso el fin de la era dorada de los grandes musicales de Hollywood.

En las décadas siguientes se continuó adaptando de Broadway, aunque con películas más contraculturales y experimentales como Cabaret (1972) o “palomiteras” como Grease (1978) y Little Shop of Horrors (La tienda de los horrores, 1986). Los públicos y la Academia optaban por las sagas de fantasía, los dramas y thrillers hiperrealistas, y películas que exhibían los avances tecnológicos de la época. Los musicales pasaron pues, a existir mayoritariamente en el mundo de la animación, medio en el que la “suspensión de la incredulidad” que requiere del público, ya de entrada, es mayor.

Y de pronto, a principios de este siglo, llegan Moulin Rouge! (2001), un musical original (en cuanto al guion, no la música, claro está) e hiper-estilizado, y Chicago (2002), una adaptación que consigue crear un equilibro entre el tono realista de la obra y su aspecto más teatral y fantasioso. Ambos consiguen nominaciones a Mejor Película (en el caso de Moulin Rouge! casi sin querer), y Chicago se convierte en el primer musical en ganar dicho galardón desde Oliver! en 1968.

En estas dos últimas décadas hemos visto musicales originales como Once (2007) o La La Land (2016), así como adaptaciones de éxitos como Into the Woods (2014) o Mamma Mia! (2008). Pero por fin retomamos la pregunta planteada hace ya bastantes párrafos: ¿Qué le sienta mejor a un musical? O, mejor dicho: ¿Qué tiene que suceder para que un musical brille en el cine?

La La Land es una película que, igual que Chicago, entiende las nociones básicas de lo que hace que un musical funcione, es decir, la aceptación de la fantasía y, de nuevo, requerir la “suspensión de la incredulidad” de su público. Los musicales animados de Disney, sólo con ser animados ya están requiriendo lo mismo de ellos. Por otro lado, consideremos el hiperrealismo que tanto le gusta a Tom Hooper en Los Miserables (2012) o la fatídica Cats (2019). 

Las adaptaciones de musicales como El Fantasma de la Ópera (2004), que cambiaba algunas de las canciones a diálogos, o los ya mencionados intentos de Tom Hooper de hacer un “musical realista” (concepto absolutamente contradictorio) parece que intentan “des-musicalificar” los musicales, hacerlos menos teatrales y más peliculeros, moldearlos para la Academia y su afinidad por lo realista y crudo. Y así es como se toma la absurda (y poco práctica) decisión de que los actores canten en directo en Los Miserables, y así es como se llega a la incomodidad para la vista humana (por decirlo de forma suave) que supuso Cats.  

Pretender que una obra cuyo guion no sigue la clásica estructura de Hollywood, y protagonizada por gatos cantarines y bailarines que se postulan como candidatos a pasar a una nueva vida (o algo así), se pudiera traducir a la gran pantalla era mucho pedir desde el principio, pero una vez el nombre de Tom “hiperrealismo” Hooper estuvo asociado al proyecto, ya era demasiado tarde.

Se dice que la gran pérdida en taquillas por parte de Cats podría significar la muerte de las adaptaciones musicales en el cine que adaptan únicamente por perseguir tendencias, pero como dice la ensayista Lindsay Ellis, “ante ello digo: adelante” (“to that I say: good”).

Volviendo a Hamilton

Hamilton es una pieza teatral que no sólo brilla por su impresionante música y uso de géneros no muy habituales en el teatro musical, por la abundante presencia de personas de color en el elenco, o por sus complejas letras, sino también por su puesta en escena. Sobre el escenario, apenas hay decorado más allá de unas escaleras y balcones movedizos, y una base giratoria. Los diferentes espacios e incluso el atrezo se crean mediante los movimientos de los bailarines (una de las bailarinas habitualmente interpreta el rol de “La Bala”), juegos de luces y el blocking (el posicionamiento de los actores sobre el escenario). El minimalismo escénico se explota mediante innovaciones teatrales que requieren que el público use su imaginación, pero que añaden a la experiencia, más allá de la calidad del libreto.

Hamilton en Disney+

Habiendo establecido que Hamilton fue, por decirlo de alguna forma, un bombazo, es comprensible que una grabación profesional del mismo sea tan valiosa. Valiosa por la cantidad de personas que ahora podrá consumir algo que habitualmente sólo es accesible para un reducido número de personas, y quizás incluso descubrir el teatro por primera vez, pero también valiosa en el sentido económico, ya que una plataforma ha pagado $75 millones para obtenerlo. Quizás no todos los musicales tengan el prestigio necesario para poder encontrarse en la misma situación, pero Hamilton ha demostrado a Broadway que esta práctica tiene el potencial de ser rentable.  

Hoy en día se pueden escuchar los álbumes de prácticamente todos los musicales habidos y por haber. Nuevos públicos descubren musicales constantemente. Sin ir más lejos, recientes estrenos como Six y Beetlejuice que se han popularizado en TikTok. Es posible ser fan del teatro musical sin vivir el Nueva York ni en Londres ni en Madrid, y sin tener dinero para desplazarse a esos sitios y comprar entradas para algo que no sea El Rey León.

El teatro, como medio, puede vivir cómodamente en el medio audiovisual. Es una experiencia diferente a la de sentarse en una butaca y tener a los actores a pocos metros de distancia, pero se capturan las obras en su formato intencionado. Por ello, gracias, Cats (1998), por capturar la extrañeza y surrealismo del musical sin pretensiones de grandeza. Al ver a los actores con calentadores y maquillaje en lugar de aquello del digital fur technology, parece todo más simpático y menos aterrador.

Según el crítico de cine de IndieWire, David Ehrlich, la grabación de Hamilton es “lo suficientemente cinematográfica como para amplificar y acentuar la resaca emocional de la obra sin trastear con la cuidada dirección escénica”. Existiendo esto, ¿será necesario que se adapte la obra al cine?

No habría que adaptar por el hecho de adaptar, por el hecho de perseguir una tendencia. Dicho ello, bienvenidas sean a intentarlo West Side Story (2020), In the Heights (2021), la rumoreada adaptación de Dear Evan Hansen, y las futuras adaptaciones que puedan existir, siempre que sean conscientes del medio en el que se encuentran. Y sobre todo, que nadie deje que Tom Hooper se acerque a Hamilton. Por favor.