Un golpe a la inglesa, otra de robos

Ninguna película de robos y atracos es igual. Puede ser uno el ladrón o un grupo calculado de personas los que intenten convertirse en dueños de lo ajeno. Los lugares cambían, los tiempos también, el botín ni te cuento y no ya digamos los planes, algunos muy enrevesados que no dejan oportunidad a la improvisación y otros sencillitos y que normalmente salen bastante mal. En este caso el robo en Un golpe a la inglesa tiene lugar en Hatton Garden, Londres, un barrio plagado de joyerías donde se guarda en una caja acorazada y a prueba de bombas, más de 200 millones de libras. Un ratero de poca monta que ha pasado por la cárcel ha decidido, previa reunión con ciertos personajes no muy recomendables que tienen contactos muy beneficiosos, asaltar dicha fortaleza amurallada solo con la ayuda de cuatro abueletes de la vieja escuela. Lo que parecía una misión imposible parece que no lo es tanto. Es hora de confeccionar un plan, comprobar las posibilidades de éxito y ponerse manos a la obra sin escatimar detalles sabiendo que económicamente están cubiertos.

Un golpe a la inglesa

Hasta aquí resulta todo bastante normal, incluso diría que Ronnie Thompson, conocedor de la filmografía de Guy Ritchie, va muy rápido centrándose en el robo y dejando a un lado las vidas de los protagonistas de las que sabemos más bien poco. La preparación y organización, en una nave abandonada o ahogada en un bar, es bastante pobre y precipitada. Ninguno se fía de aquel que tiene a su lado y la alianza con la policía no es precisamente la mejor idea que el señor desconocido o X para los amigos o socios puede tener. La segunda parte del film resulta todo lo contrario. El acto en sí es lento y aburrido sin que haya un peligro latente que amenace y haga fracasar todo el operativo. Los amagos no funcionan fracasando el final con un giro que nadie se cree. La policía parece que está de adorno en Un golpe a la inglesa, las cámaras no funcionan y la gente ha desaparecido del mapa y solo los cinco hombres, alguno con achaques propios de la edad, campan a sus anchas por todo el metraje sin que nadie los moleste, sin que nadie se atreva a toserles o llevarles la contraria. Los diamantes y joyas brillan por su ausencia y solo deslumbran a una recuperada Joely Richardson que aquí va de mafiosa. Los guantes blancos se los dejamos a otros porque estos ladrones si se manchan las manos y manipulan herramientas pesadas que abren grandes agujeros, unos butroneros que no pueden hacer grandes esfuerzos y que si se descuidan visitarán otro barrio mucho más mortal.

Si la intención era la de hacer una película de acción y suspense entonces ¡Houston, tenemos un problema! De eso no hay ni pizca, aunque dejemos a nuestros amigos a punto de darse una paliza con unos jovencitos bravucones. Ni por asomo nos encontramos con cercos o sitios de las fuerzas de seguridad o locas huidas a pie o en coche, aquí el que hay está parado la mayoría de las veces y sirve para más bien poco. El conductor de Un golpe a la inglesa no es un Baby Driver de la vida que escucha música por los cascos y vigila todo atentamente, aquí es un incapaz que se atreve a cambiar de vehículo con riesgo a que puedan reconocerlo. Cómicamente tampoco es que ande muy sobrada, apenas un par de chistecitos para pasar el rato que no cuajan y frases hechas o adivinanzas de matones que alguno ya adivinará la respuesta. Muy escaso todo, muy de andar por casa y con un reparto que tampoco es que ilusione y reconozcamos aquí en España.

Un golpe a la inglesa

Cuando uno ve trabajos como Un golpe a la inglesa, hasta parecen mejores otras películas vistas este mismo año con la misma temática o subgénero que hace tiempo hubiéramos hecho trizas. Una pena para los que como yo amamos este tipo de films y que esperamos como agua de mayo una nueva entrega del grupo de Danny Ocean o los cuatro jinetes de Ahora me ves… Recomendable solo para amantes e incondicionales, una verdadera lástima.