Godzilla, poco monstruo para lo que nos han vendido

Me resulta imposible hablar de Godzilla sin hacer dos cosas, hablar de cómo se ha vendido la película y de cómo esto ha propiciado el éxito que le fue negado a una película de corte similar como Pacific Rim.

Cuando hace poco menos de dos años se anunció que estaba en marcha una nueva versión de Godzilla todo el mundo recordó la versión que en 1998 perpetró Roland Emmerich. La película del director alemán era una especie de versión agigantada del tramo final de Jurassic Park 2  con unos personajes insoportables. Este Godzilla no funcionaba mal en la parte del espectáculo pero era una película de una obviedad y tosquedad muy del gusto de Emmerich, hombre que no fue tocado por el don de la sutileza. Para este Godzilla se contó con un director de escasa trayectoria pero que insistió desde el primer momento en que el enfoque sería al menos original. Cuando nos cruzamos con los primeros trailers pudimos comprobar que lo críptico hacía acto de presencia. En estos avances apenas se nos desvelaba nada de la trama, poco sobre la relación entre los personajes y casi nada sobre el verdadero protagonista de la función, el monstruo. De este modo, el espectador ha acudido este fin de semana a los cines sólo sabiendo que iba a ver una película en la que salía un bicho gigante que, se supone, es el antagonista a combatir. Bendita ignorancia que es la que propicia que podamos ver el Godzilla de Gareth Edwards sorprendiéndonos de los giros de la trama, aunque a veces la película vague sin que parezca que tiene un rumbo fijo al que dirigirse. Lo único que Godzilla tiene claro es que quiere ser una película realista aunque su argumento sea mucho más fantasioso de lo que intuimos en sus avances, es decir, no nos venden la película que realmente vemos en el cine.

Godzilla

Esta inteligencia en la dosificación de la información fue la que quizás afectó a que Pacific Rim pinchase, relativamente, en taquilla. El objetivo de la película de Del Toro era tan claro que quizás se pasó de obvio y echó para atrás al público medio poco dado a la fantasía. El caso es que Godzilla se mueve en unos parámetros similares de fantasía e imaginación pero ha sabido quedarse más en la tierra para que el espectador no se distraiga tanto. Edwards mantiene siempre un punto de vista humano en toda la historia, de forma que son los ojos de Cranston, Watanabe y Taylor-Johnson los que nos cuentan la historia en sus diferentes momentos y contextos. Aquí se echa en falta un poco más de enjundia en el personaje de Elizabeth Olsen que no deja de ser una comparsa de escasa identidad, así como hubiese venido bien la contratación de un actor más solvente que Taylor-Johnson.

Como buen cineasta joven y posmoderno Gareth Edwards no puede dejar de hacer mil y una referencias y guiños dirigidos a los que él considera sus maestros: las huellas de Hitchcock y Spielberg se dejan ver en múltiples momentos para que sepamos que esto es espectáculo de calidad, no un mero sacacuartos. Pero lo que mejor consigue Edwards es dar a Godzilla una media hora final de enorme originalidad, con grandes momentos de experimentación audiovisual. Una pena que antes nos hayamos tenido que tragar hora y media de la vieja historia del científico loco al que nadie hace caso, a un puñado de personajes exponiendo problemas y echemos más en falta la presencia del monstruo que da título a la función.