Festival de Málaga 2019: “¿A quién te llevarías a una isla desierta?” o cómo incomodar al espectador

No es muy difícil reconocer cuando una película parte de una obra de teatro. El espacio y el tiempo se reduce, los conflictos se intensifican, los personajes apenas callan. Un claro ejemplo es La gata sobre el tejado de zinc, una adaptación de la obra original de Tennesse Williams en la que el público queda sumido en una vorágine dramática que no mengua. En los textos de Williams encontramos personajes reprimidos, rencores, una intensidad que no cesa y, como bien dictamina el teatro clásico, catarsis y redención. Todos estos elementos perduran en el tiempo hasta llegar a la nueva apuesta de Netflix: ¿A quién te llevarías a una isla desierta? de Jota Linares, una revisión y actualización fallida de algunos de estos preceptos.

¿A quién te llevarías a una isla desierta?

Tras ocho años viviendo juntos, cuatro amigos se separan para arriesgar y comenzar una nueva vida. En la fiesta de despedida todo va bien, hasta que alguien se va de la lengua. Tras tantos años, hay rencor, uno del que no sabían nada. El cajón de mierda está abierto y ya no hay quien lo cierre. Este es un tratamiento bastante recurrente por ser paulatino y rítmico, pero en esta cinta supone un giro bastante acusado. De repente, como en cualquier conversación, la comodidad del espectador queda comprometida en el momento en el que la discusión comienza. Esa incomodidad se transmite a la perfección gracias a un trabajo actoral notable por parte del elenco, formado en su mayoría por profesionales curtidos en teatro.

Sin embargo, rara vez un elenco consigue reflotar un guión irregular. A pesar de su solidez en los diálogos, Jota Linares no puede evitar pecar de pretencioso en ciertas líneas, casi tuiteras, que no hacen sino forzar en el respetable una mueca irrisoria, mas no es este el mayor de los problemas. ¿A quién te llevarías a una isla desierta? habla del distanciamiento de cuatro amigos que empiezan a plantearse un futuro incierto. No obstante, estos asuntos quedan rápidamente excluidos a favor de otros de relativo interés, unos que quizás en la obra original estuviesen mejor expuestos. Y es que la base dramática de esta obra, la que procede de la obra teatral, no es sino un tercio del metraje. Antes de eso, una secuencia particularmente larga nos familiariza con unos personajes que cuentan lo justo sobre ellos. Demasiado tiempo invertido en apenas un par de detalles de relativa relevancia en el transcurso de la obra. Es así que varios de los giros del guión parecen venidos de ninguna parte, siendo además poco creíbles dentro del contexto que se nos ha dado. Algo parecido ocurre hacia el final, que alarga sin motivo real y sin aportar nada más que un par de datos.

¿A quién te llevarías a una isla desierta?

A Jota Linares le interesa lo justo el futuro de nuestra generación o la incertidumbre de los jóvenes en estos tiempos de crisis, o al menos eso parece. No es algo que repercuta directamente en la calidad, pero sí que podría echarse de menos en esta obra, pues no se aprecia en absoluto ningún atisbo de reflexión más allá de la represión sufrida por dos de los personajes, algo poco creíble. Litus, en ese aspecto, cumplía en todos los aspectos: sin necesidad de un extenso prólogo nos presentaba a sus personajes en pocas líneas, reflexionaba sobre la muerte y la responsabilidad y, de paso, entretenía con lineas cómicas a la par que conmovía con su discurso. Jota Linares aligera todo para concentrar la carga dramática en un único foco que ya de base resulta inestable.

¿A quién te llevarías a una isla desierta? cumple su cometido, pero goza a su vez de oportunidades perdidas. Ahí había material; Jota Linares es capaz de transmitir en imágenes con bastante soltura y maneja a la perfección a sus actores. Este joven sabe tratar un guión, pero no termina de demostrarlo, pues a cada paso acertado hay otro que falla.