Festival de Málaga 2018: «Trinta lumes», lo sublime invisible

El sentimiento sublime comprende demasiadas definiciones y versiones que resulta imposible de sintetizar en una única frase. Ni falta que hace. Es, ante todo, una noción emocional que va más allá de las palabras, aquella que deja en ti un vacío cautivador. Es la mirada al abismo, el ser humano empequeñecido ante la naturaleza y las fuerzas que la manejan. Los paisajes de la Sierra del Courel (Lugo) que y su equipo capturan transmiten a la perfección ese sentimiento de desolación a través de la meteorología, la ruina y el paisaje, a veces pintoresco pero siempre sublime. Trinta Lumes es una película lírica, desprovista en gran parte de narrativa, una perfecta unión entre documental, retrato, narración y experiencia sensorial.

Trinta lumes

Trinta lumes tiene una conexión especial con la muerte. El paso del tiempo deja huella en las aldeas filmadas, las casas son ruinas con escasos vestigios de humanidad. El sublime terrorífico acaba mostrando su faz como una vanitas, pero siempre con un enfoque amable y místico, enlazado con la cultura gallega que recogen sus imágenes. La muerte es transformación, un eterno retorno que reafirma el componente poético y mágico de esta magnífica obra. El pasado sigue latente pese a la presencia de la muerte; este es un lugar donde el tiempo no avanza, donde el pasado y el presente, la tradición y la juventud, existen en el mismo plano, de ahí que el montaje no apueste por un esquema narrativo al uso.

Esta es una cinta generada desde el montaje, su discurso se genera en él. Con el montaje, se indaga en una búsqueda de lo invisible, de lo que la imagen oculta en las sensaciones que transmite. La unión narrativa no es causal sino sensorial, a través del sobrecogedor sonido, que une secuencias a través del susurro del viento, o de la fotografía, cuyo genera sensaciones térmicas acusadas que traspasan la pantalla. No es algo muy distinto a la obra de Sorrentino, cuyo narrativo tiene más que ver con el estado de un personaje que con hechos y consecuencias. Trinta Lumes tiene más que ver con obras como Berlín: Sinfonía de una ciudad, Koyaanisqatsi o El renacido, más preocupadas por transmitir una experiencia lírica que contar una historia.

Trinta lumes

La desaparición de Alba acaba por convertirse en el único arco narrativo de la película, tan diluido entre el resto de formas que cuesta hablar de un «argumento». Ante todo, destaca el retrato de una sociedad en vías de extinción, anclada en un lugar pero en ningún momento. Las gentes del pueblo nos muestran sus vidas con plena naturalidad, acostumbrados durante dos años a la presencia de una cámara que, en pantalla, busca hacerse notar desde lo invisible. Así como en Verano 1993 o Con el viento, se muestra una visión cariñosa, pintoresca y sugerente de lo rural que contrasta con el sentimiento sublime del paisaje y la meteorología, tornando a veces en abyecta como recordatorio de la muerte.

aúna en un sólo filme documental, narración y la lírica mágica de cineastas como Alejandro G. Iñárritu o Alex Garland. Una cinta extraordinaria y valiente tanto a nivel técnico como estético y discursivo. Símplemente sobrecogedora.

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