El pan de la guerra, un relato mágico y veraz sobre Afghanistan

Del estudio irlandés de animación Cartoon Saloon, y basada en la novela de Deborah Ellis (2000), The Breadwinner ha logrado brillar internacionalmente (con todo lo que una producción ejecutiva de nuestra Barbie Savior conlleva), a pesar de contar una historia sencilla y fácilmente conmovedora, extremadamente relatada desde el comienzo de esta década en la que vivimos, (¿o en la que nos matamos?). A pesar de construir una ficción dolorosamente realista, la autora regala a la protagonista de , la pequeña Parvana, una especie de auto-recurso sobre su propia fuerza y valentía: Parvana comienza a contarle a su hermanito bebé, un cuento mágico y ancestral sobre las hazañas de un niño que tiene que superar varios obstáculos para derrotar a un gran monstruo final. Paralelamente, Parvana vive su hazaña particular para llevar todos los días el pan a su familia, haciéndose pasar por niño, después de que su padre sea injustamente encarcelado por el régimen Talibán.

El pan de la guerra

A medida que transcurren las adversidades, la acción se detiene cada vez que Parvana está a punto de rendirse o dejarse derrotar; ella cierra los ojos, y continúa el cuento, como si su hermano la escuchara. Este cuento se convierte así en un hermoso talismán al que aferrarse, que sostiene la magia de una cruda narración sobre una realidad terriblemente hostil, y que además funciona con una iconografía propia sobre lo que sería el mito de una tierra continuamente invadida y devastada por diferentes imperios, ávidos de riqueza y poder. Unas características muy bien utilizadas (dibujadas y animadas a mano) que evocan una ilustración muy reminisciente de los íconos persas, islámicos y mongoles.

El verdadero logro de consiste precisamente en representar a la tierra que hoy se llama Afghanistan, con el respeto histórico adecuado. Justamente por ser una tierra que cualquier persona occidental aborrece, o siente una profunda lástima y pavor cuando escucha su nombre, supongo que se merece un relato pintado a mano que explique su historia con veracidad, y también con cierta belleza, si es que puede verse algo como tal en una historia construida con sangre, muerte y avaricia humana. Quizá sea este el motivo por el que, un relato tan común en los últimos veinte años, haya logrado emocionar de forma especial al público y jurado de los festivales, ya que, desde entonces hasta ahora, ha sido muy difícil encontrar algo que no nos duela enormemente en los retratos visuales de esta tierra.

El pan de la guerra

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