El Gran Gatsby, lucha entre intimismo y suntuosidad

Siempre es de agradecer la existencia de directores como Bazz Luhrmann que hacen de cada película suya toda una declaración de intenciones. El problema surge cuando el intento de abarcar algo más de lo que el talento da. Luhrmann no está dotado para el intimismo: lo suyo es la pirotecnia, el exceso y el derroche, por eso le quedó tan bien Moulin Rouge y por eso este Gatsby se queda a medio gas.

El Gran Gatsby empieza de forma impecable y durante sus primeros 45 minutos asistimos a la introducción de un mundo y la construcción de un universo, el de los años 20, que mezcla anacronismos musicales con detalles propios de la época. El misterio sobre el personaje de Gatsby se desarrolla muy bien en esta primera parte, así como el halo del mismo. Especialmente bella resulta la metáfora del faro verde y toda su resolución durante toda la trama, una de las pocas veces donde a Luhrmann le sale bien ponerse sutil. 

El problema de El Gran Gatsby se encuentra en la lucha que establece Luhrmann entre la grandilocuencia de las fiestas y la pasión de Gatsby con su parte introspectiva y torturada: es el conflicto del personaje demasiado complejo y a Luhrmann le viene grande. La única parte que realmente funciona es el juego de verdades y mentiras así como toda la reflexión sobre la hipocresía de la sociedad americana y el deseo de llegar a ser alguien de Gatsby. Por el camino, la película sufre varios desfallecimientos en su ritmo haciendo que nuestro interés varíe por momentos.

Tanto Leonardo DiCaprio como Carey Mulligan derrochan el glamour necesario para los personajes de Gatsby y Daisy y el trabajo de ambos es bastante destacable propiciando los mejores momentos. Por su parte, Tobey Maguire sigue anclado en el registro tontorrón y pagafantas de Spiderman mostrándose insuficiente como guía y narrador de la historia.

crítica El Gran Gatsby

La conclusión que uno extrae es que a Luhrmann se le da mejor desatarse sin control como en Romeo+Julieta o Moulin Rouge y sus juegos de montaje, superposiciones y anacronismos que intentar retratos psicológicos de altos vuelos, por mucho que DiCaprio y Mulligan salven los muebles. El artificio y la opulencia del que se sirve Gatsby como máscara hace que el tiro salga por la culata en cuanto a que ésta es la única parte que Luhrmann sabe capturar de la novela. Por el camino se queda el retrato social y la complejidad moral de la novela sólo intuida en ciertos momentos. Luhrmann no logra alcanzar el rayo verde y las dos películas (la íntima y la suntuosa) que habitan en El Gran Gatsby nunca llegan a cuajar.

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