El día del espectador: “Los cazafantasmas II” (1989)

Siempre que empiezo a escribir esto, suelo poner un año aproximado de cuándo sucedió, para así darle un poco de sentido y orden al relato, pero se me hace complicado ubicar el año en el que todo esto ocurrio, quizás sea buena ocasión para hacer un resumen fugaz de toda la niñez y reunirlo bajo el lema de cuando yo era chico, no si antes explicar que chico respondería al pequeño que se suele usar en lugares alejados de Despeñaperros.

Expo 92

Cuando yo era chico, la novedad era apurar al máximo todas y cada unas de las miles de cintas de VHS que habían comprado mis hermanas, todas perfectamente catalogas y etiquetadas con el nombre de lo que contenían; este Diógenes bien visto, recogía un tutti-frutti desde los que iban algunos conciertos de la Expo 92, programas especiales de copla o alguna que otra película, desde Dirty Dancing hasta Don Juan de los Infiernos, comprendiendo así un imaginario selecto y algo alocado de lo que la videoteca – por llamarlo de algún modo- podía contener.

Tener tu propia cinta, con tu propia grabación de una película de la tele, con el logotipo de la cadena y anuncios, suponía alcanzar la edad adulta y entrar a formar parte del selecto club de cintas que aún hoy, casi 25 años después, siguen por el salón de casa de mis padres.

Triste es de pedir, pero más triste es de robar, por lo que la adquisición de una cinta virgen por mi parte era imposible, salir y pagar en pesetas quedaba lejos, la única opción que quedaba era cometer un delito, algo por lo que ser encarcelado y cumplir condena con grandes delincuentes en una prisión a las afueras de la ciudad. Horas duras de meditación, en las que analicé cómo y cuándo usar la llamada que me daría la justicia para llamar a mi abogado. Pero no había marcha atrás, el delito se cometería, ya que el riesgo en sí, siempre merecería la pena.

Así fue cómo se gestó el mayor crimen de España.

Tortugas Ninja

Esa cinta de VHS siempre estuvo allí. Fue el regalo de alguna tienda al alcanzar una cantidad de dinero en la compra de ropa de Vuelta al cole. Con  una caratula de cartón verde y a todo color, contenía dos episodios de una serie que vi en bucle hasta que me sangraba la nariz, pegando brincos por el sofá hasta acabar con el Despedazador. No era otra que una cinta de vídeo de la serie de dibujos de las Tortugas Ninja.

La ley es inquebrantable, o eso debió pensar el que inventó aquel No-Do que salía antes de cada vídeo casero y que te adoctrinaba en la imposibilidad de grabar encima de aquello, cometiendo así el mayor de las felonías posibles.

Pero había que sacrificar aquel VHS. Era su destino, no podía dejar escapar la ocasión de tener grabada Los cazafantasmas II cuando la emitiesen en Telecinco. Era ahora o nunca.

"Los cazafantasmas II" (1989) de Ivan Reitman

Con celo, aunque siempre se le llamó fixo, tapé el hueco que la pestaña inexistente dejó, el vídeo estaba programado – con seis años no sabía de muchas cosas, pero programar el vídeo de casa era una de esas habilidades que desarrollé pronto por necesidad– ahora solo quedaba esperar hasta la mañana siguiente para ver el resultado. La emoción era máxima y más cuando no tenía la más remota idea de que existía una primera parte de Los cazafantasmas, sino que para mí todo aquello venía de los dibujos del mismo nombre.

Los cazafantasmas II es la decadencia, lo que hay al final de toda estrella del rock que no supo aguantar el empujón de su primer éxito, condenados a actuaciones musicales en cumpleaños porque son más baratos que llamar a la Masa (aunque en la versión original la opción era llamar a He-Man, tal vez como guiño a las presiones de la Paramount para sacar una segunda parte debido al éxito de los dibujos animados). 

Pero el desfile de situaciones seguía adelante. Ya no me preocupaba haber quebrantado la Ley, ahora mi preocupación era por qué en aquella película nadie explicaba que los cazafantasmas no llevasen ropa de colores como en la serie de dibujos. Ahora solo había una película para la historia con un Bill Murray diciendo ‘qué peste monsieur’ a un bebé que apodaba Oscar Mayer, unos niñeros que se enrollaban mientras raptaban al bebé, Dan Aykroyd acostándose con una tostadora, un cuadro que cobraba vida y mocos, muchos mocos por las alcantarillas de Nueva York.

"Los cazafantasmas II" (1989) de Ivan Reitman

Aquella experiencia fílmica con seis años me marcaría durante años y más viendo el abrupto final que tenía, donde Winston caía a una alcantarilla y moría. Ahí se acababa la cinta y con ella, la película. Muchas dudas y muchas preguntas; ¿cómo podía ser que aquello acabase así? ¿por qué Vigo el azote de los Cárpatos no tenía su batalla final?

Así fue como durante años, solo vi los primeros noventa minutos de la película, inflados con la cantidad de anuncios pertinente emitidos por la televisión, que habían hecho que las dos horas que duraba la cinta en modo LP se agotasen y dejase de grabar. 

No sería hasta mucho después que pude ver cómo acaba todo aquello, comprendiendo que muchas veces es mejor tener un final interrumpido en una historia que ver cómo Los cazafantasmas II salvan Nueva York y acaban convertidos en un cuadro del renacimiento rodeando al nuevo Mesías.

"Los cazafantasmas II" (1989) de Ivan Reitman

Los cazafantasmas II está disponible en Netflix