El día del espectador II: “The Quest”

Los veranos siempre eran del mismo modo. Cogías fotografías de los días y los meses, los alternabas y lo único que cambiaba era el largo del pelo. Sobrevivir a un verano en una ciudad inhóspita, vaciada de gente y dónde los únicos que quedaban vivían bajo el yugo de un carcelero llamado sol, se convertía en una aventura diaria cuya meta era alcanzar la noche pronto hasta sumar los días necesarios para llegar el lunes de los meses: septiembre.

La única escapatoria ante tal panorama, era visitar el videoclub del barrio, un sitio alejado de las intelectualidades que el cine actual nos hace creer, ya que como bien dice su apellido, era de barrio.

Entre el maremágnum de cintas de VHS repetidas, los estrenos ocupaban la fila delantera de la estantería. Las que ya no valían, se quedaban atrás, esperando una segunda oportunidad. Pero allí, y siempre como segunda intención, íbamos a esperar a que se quedase libre una copia de The Quest. Es curioso como aquello era casi imposible, todas y cada una de las cinco copias eran alquiladas día tras día, alimentando y magnificando lo que estábamos por ver.

‘A ver, es de ‘peleítas’ pero sale un , tiene que estar bien. Y hay aventuras, un dragón dorado, y es imposible verla, con lo que cual tiene que estar mejor que bien, y encima es de nunca jamás ha hecho una película mala. NUN-CA.

La aventura de ir día tras día mantenía vivo el interés por una película que, probablemente, no pase a la historia del cine, pero cuyo ritual de idas y venidas, convirtió ese local en centro religioso de peregrinación necesario para pasar el verano.

moore the quest

La nostalgia es buena para la memoria, logrando que recordemos con cariño cosas que con el prisma de hoy no sean del todo buenas, aunque puede que tampoco lo fueran en su momento. Quién sabe.