El día del espectador: “El señor de los anillos: el retorno del Rey” (2003)

Imagino que del mismo modo que el transcurrir del tiempo se mide en horas, últimamente me ha dado por medir el paso de los años con cómo cambia la ciudad. La tienda que ya no está, el ‘Todo a cien’ que acabó siendo una autoescuela, el ficus enorme del barrio que podaron hasta dejarlo en un mondadientes y la transformación de un cine en un centro comercial son lagunas que quedan entre las alarmas del reloj que marcan un nuevo día.

El señor de los anillos: el retorno del Rey

Durante tres años siempre pasaba lo mismo: un mes antes del estreno llamábamos a la taquilla para reservar las entradas; el instante entre que sonaban los primeros tonos del teléfono hasta que contestaba alguien, era pura incertidumbre. Nueva ida y venida de planes, pensar opciones B y maldecir todo por no haber llamado antes, porque en ese instante un mes antes te parecía poco. Al final nada, no hay nada más nefasto para una expectativa que la consecución con éxito de la misma, porque uno espera fuegos artificiales y globos de colores, para encontrarse con la más absoluta normalidad.

Para aquel diciembre de 2003 ya éramos viejos guerreros instruidos en el arte de la guerra y aquel último viaje suponía muchas despedidas que sabríamos con el tiempo. Por una lado con El retorno del Rey se acababa El Señor de los Anillos, lejos quedaba aquel 2001 cuando ni tan siquiera sabíamos que era un libro – yo conocí la anterior versión, la de dibujos animados, esa que Canal 2 Andalucía se empeñaba en poner cada navidad- y fuimos a ver aquella película cuyo trailer en castellano parecía una cutrez más que un viaje épico.

Por otro, la despedida de aquellas salas de cine con recreativos. Con la apertura de un cine mejor, con más salas y más tiendas, aquel pequeño centro comercial alejado de todo dejaría paso a una cadena de venta de electrodomésticos. Las sillas era incómodas, el suelo estaba cada vez mas pegajoso y el cibercafé que habían montado con cuatro ordenadores no era la razón por la que seguíamos yendo; y es que el precio tan ridículo que seguía teniendo la entrada era el único motivo para seguir eligiendo aquella sala para los estrenos.

El viaje lo era todo y disfrutar de aquella última flecha hacía que por un momento olvidásemos los suspensos y las malas caras que nos esperaban al llegar a casa.

Esta vez la sala estaba más llena que anteriormente. Muchos ya sabían el desenlace por el libro y siempre defendían aquello de ‘no es fiel a los libros, no sale Tom Bobadil’, estábamos más que convencidos de que aquello sería lo más parecido al final de una era que veríamos.

El señor de los anillos: el retorno del Rey

Aunque estábamos a nuestra hora, la anterior proyección se retrasó e hizo que el nerviosismo vagara por nuestros cuerpos con jerseys del Pull and Bear. Había voces y habladurías, conjeturas de por qué aquello iba tarde, otros hablaban de todos los que se habían disfrazado de elfos y hobbits para acudir al estreno en ese otro cine que acabaría matando al nuestro: ‘Tendríamos que haber ido allí’ dijo alguien.

Ahí se quedó la cosa, mientras entrábamos en la sala, los murmullos dejaban paso a los silencios que acompañaban a los primeros acordes de Howard Shore – los dos primeros CD’s originales que me regalaron fueron las bandas sonoras de estas películas – y allí estaba Gollum.

Teníamos nuestras teorías y nuestras fantasías, habíamos leído en sitios, otros incluso compraban revistas de cine y se las estudiaban al dedillo para saber y adelantarse al resto sobre cómo iría la trama. El ir con tus amigos al cine se transformaba en una competición velada de quién era más listo y quién era capaz de ver antes el giro de guión.

El señor de los anillos: el retorno del Rey

Pero allí poco quedaba que demandar, el viaje al abismo de Smegol había comenzando y solo quedaba la fatiga que da ver a Andy Serkis comerse un pescado crudo mucho antes de que el sushi llegase a nuestras vidas.

Por delante, El señor de los anillos: el retorno del Rey ofrecía tres horas con sus veinte minutos para cerrar todos y cada uno de los cabos sueltos que se habían sembrado tiempo atrás. Las disputan seguían en la pantalla, los orcos sitiaban la ciudad, Faramir asistía atónito a la pérdida de papeles de su padre, arañas, Eowyn matando a aquel Nazgul petao y nosotros disfrutando con el paso del tiempo. Cada escena era la última oportunidad para despedirse de aquella película y aquella sala a la que no volveríamos jamás. 

Cuando Aragorn se pone monárquico con su ‘Por Frodo’, fue el impulso definitivo que necesitábamos para olvidarnos de todo y de las ganas de ir al baño que teníamos. Se lo perdonamos todo a El retorno del Rey: los doscientos finales que tiene, el crecimiento de barba desmesurado y sin sentido de Viggo Mortensen cuando finalmente es coronado y el momento Joaquín Reyes de Ian Holm.

El señor de los anillos: el retorno del Rey

El retorno del Rey supuso una despedida, un adiós demasiado duro a una época en la que la lectura de fantasía acogía a chavales sin preguntarles ni pedirles nada a cambio, encontrando en aquella trilogía algo parecido a los que otros sintieron con la Star Wars original y poniendo de manifiesto un hecho que siempre repetimos cuando nos reunimos y hablamos de aquel día: son los créditos de una película que más tristeza nos han dado.