El capitán, galones fingidos

¡Oh, capitán!¡Mi capitán! No, esta vez no es una loa del poeta Walt Whitman a Abraham Lincoln ni un canto de guerra de unos muchachos imberbes hacía su maestro. A los hombres de Willi Herold podemos imaginárnoslos gritando cosas como estas cuando estando a su servicio perpetraron numerosos crímenes de guerra y exterminaron casi a un campamento lleno de militares alemanes desertores. El capitán, del director Robert Schwentke, basado en hechos reales, es un drama bélico transmutado en sorpresivo thriller, un viaje a la perversión más cruel y a la atrocidad más bestia y cruda disfrazada con galones. Al viajero Schwentke, llegado a su país después de probar las mieles del triunfo estadounidense, le ha interesado la historia real de este soldado raso que a finales de la Segunda Guerra Mundial se hace pasar por capitán de la Luftwaffe, fuerza aérea robando un uniforme abandonado en un automóvil cuando huía de una partida de cazadores de desertores del ejército nazi. Tanto llega a creerse su papel y su inventada vida y palabras que no hace dudar ni un solo momento a la burocracia germana que le deja hacer y deshacer a su antojo en ese campamento 2 que aloja y hacina a unos pobres desgraciados que no saben lo que se les viene encima.

El capitán

Se puede hablar de locura y enajenación mental o simplemente de confianza ciega hacía un hombre que maneja los tiempos y que ha hecho del riesgo y el suspense su habitat natural. Cada uno de los soldados que cumplían sus órdenes, alguno con reticencias sin consensuar, es un caso a estudiar por separado. Sanguinarios asesinos que han hecho de la pilleria y el saqueo su modus vivendi en época oscura tras derrota de su compañía, leales camaradas que al principio no comparten tan bárbaras acciones o actores y bufones de saldo que matan sin compasión para sobrevivir. Estos hombres perdidos seguirán a su Peter Pan particular, mercadeando con las posesiones de otros y haciéndose acreedores de un odio visceral por parte del público que verá en sus víctimas los cuerpos de los judíos masacrados y los cadáveres desconocidos que llenaron las fosas comunes de otros campos, algunos tan conocidos como el de Auschwitz. Todas la rutinas celebradas y paseos hacía el otro mundo cantadas a gritos o lamentadas con quejidos lastimeros post fusilamientos ponen los pelos de punta a más de uno recordando las atrocidades cometidas por el nazismo alemán en contra de cualquiera que estuviera en el bando contrario. Willi Herold ni es el capitán ni merece serlo pero encaja a la perfección con el retrato de autoridad y maldad que todos hemos visto o nos han contado, seres inmisericordioses que despreciaban algunas vidas humanas a las que trataban como despojos y que taimadamente usaban sus malas artes para engañarlos en los últimos minutos de vida.

¿Eran buenos militares, técnicamente hablando? Probablemente si, probablemente Alemania habría ganado la guerra si se les hubiera hecho más caso a estos mandamases y menos a las ideas locas de Adolf Hitler. Lo malo era que su grado de maldad estaba en consonancia con sus dotes militares, sus crímenes sanguinarios dejaron en la cuneta no solo a sus enemigos sino también a sus amigos que fueron traicionados en su escalada de poder.

El grupo de Herold ¡madre mía que futuro tiene este Max Hubacher! representa la degradación total a la que estaba sometida la otrora nación alemana. Cada uno de sus integrantes mancha el uniforme de una manera diferente y pervierte en su nombre una gloria que estaba a punto de irse a criar malvas. Todos los imperios sufren un momento de esplendor y una decadencia que se manifiesta en las acciones descontroladas de sus máximos valedores. Fellini y su Satyricon cantó las barbaridades de una Roma imperial que se desquebrajaba, Tinto Brass llevó todo esto al género erótico con el Calígula, de 1979. Ahora las vergüenzas del nazismo alemán quedan al descubierto y se tienden al sol con unas fiestas alimentadas con el desenfreno del alcohol y violencia sin sentido o un sexo sin consentir que humilla y ridiculiza a la víctima que cambia de chaqueta según sopla el viento.

El capitán

No importa que Schwentke convierta El capitán en una antigualla y añeja obra en blanco y negro presuponiendo momentos desagradables para la vista a los espectadores, todos aquellos en los que los ríos de sangre son un complemento y los miembros amputados por bombardeos sorpresa. Como en el caso de Tarantino el daño ya esta hecho no solo por las acciones sino por los momentos de suspense que quitan el hipo como tensas conversaciones donde son reveladas ciertas mentiras o intenciones aviesas ocultas encerradas en sonrisas oportunistas ¡y de esas hay varias escenitas!

Son más que merecidas las buenas críticas que ha recibido El capitán porque es original ver al nazismo eliminar y ejecutar a algunos de los suyos ¡esta vez no ha golpeado el mismo saco de siempre! y contarnos una caída prevista a los ojos de inocentes prisioneros alemanes. Solo una cosa más, los títulos de crédito merecen una revisión especial relajando algunos músculos y tensando el de la sonrisa que durante casi dos horas andaba desaparecido ¡como la cordura en Aschendorfermoor!