El buen maestro, las grandes mentes

Bien diverso es el título original de El buen maestro (Le grands esprits) que habla de grandes “espíritus” (o personalidades o pensamientos), pues de lo que, al fin y al cabo trata esta historia, es de cómo el ser humano cambia para adaptarse y encuentra otro horizonte en la interacción con otros humanos. El punto de partida es de casi de enredo: un profesor de lengua de un instituto de élite en París (François, hijo de un novelista reconocido) es destinado por un curso a un centro del extrarradio, con mayoría de estudiantes de familias inmigrantes de origen subsahariano: el choque no puede ser más brutal, por las diferencias de clase social, nivel socioeconómico y cultural, e intereses y expectativas de vida.

El buen maestro

En el colegio son frecuentes las expulsiones y François va percatándose de que los chicos son carne de cañón, pues echarlos sólo sirve para abocarles a la exclusión social y a la criminalidad. Poco a poco se compromete con Seydou, el alumno más gamberro, cuya madre está enferma; apostará por él frente al funcionamiento institucional que le supondría la expulsión.

Aunque el desarrollo sea previsible, haya altibajos en el ritmo y le falte profundización –está a años luz de La clase (Laurent Cantet, 2008)- El buen maestro es una dramática que merece la pena por la llamada de atención sobre el sistema educativo y sobre cómo las diferencias económicas se perpetúan en una sociedad incapaz de responder a las necesidades de chicos de barriada con riesgo de delincuencia. También da una clave al señalar el compromiso personal como requisito para que el profesorado se implique de forma seria.

El director y guionista único de El buen maestro pone en pie una historia llena de buenas intenciones a la que, cinematográficamente, le falta empaque y una estructura dramática más rigurosa. Los añadidos (las historias de amor que viven François con la compañera que marchará a Canadá y la de Seydou con Maya) parecen adornos, aunque posean un valor metafórico y quieran indicar un territorio común de las emociones en que profesor y alumno son iguales.

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