El bailarín, este cuervo vuela alto

Esta semana vamos a ver bailar a Rudolf Nureyev ¡uno de los grandes del ballet ruso! Este maestro de la danza moderna necesitaba una película como El bailarín, que nos presenta el actor y también director británico Ralph Fiennes quien aquí también se luce como el profesor más importante que tuvo en vida nuestro protagonista. En vez de apostar por una narrativa lineal que sigue un orden cronológico, el director se juega el despistar y perder a algún espectador por el camino presentando la historia desordenada en tres tiempos muy distintos precedidos de un origen real y curioso, nacimiento en un tren que viajaba de Siberia a Vladivostok, lugar donde estaba destinado su padre, un militar ruso de origen tártaro. Intercalando y mezclando estos tiempos busca satisfacer a un público diverso que puede disfrutar tanto del melodrama, como del mundo de la danza o el thriller político. 

El bailarín

En el primer escalón de este El bailarín, conocemos a un niño solitario y silencioso que apenas se comunica con los otros crios de su edad y que parece carecer de un amor parental. La figura desaparecida de su padre influyó en su personalidad convirtiéndolo en alguien muy sensible que disfrutaba de todo aquello que le enseñaba su madre y hermanas. Desde pequeñito vio y se recreó con danza y ballet ruso, folklórico o clásico y disfrutó con las Bellas Artes, mostradas ante sus ojos. Fue una primera toma de contacto con un mundo cercano y pequeñito que se le quedaba corto, un drama constante en donde sobrevivir era una proeza en condiciones tan adversas. La nieve y el frío cubren el cuerpo de un pequeño pájaro que necesita volar lejos de allí.

En el segundo tiempo Rudolf Nureyev o el llamado Cuervo Blanco comienza a darles clases profesionales en Leningrado. Oleg Ivenko interpreta a un joven e inexperto bailarín que se rebela ante la política y burocracia del régimen soviético oponiéndose a aquellos que no permitían el contacto con ideas y posturas contrarias al comunismo. Reconoce su bisexualidad, tanto con la esposa de su profesor Pushkin, como con compañeros de clase y comienza también a liberar su mente y cuerpo, intentando expresar con él todo aquello que le angustia o le hiere. Incapaz de contener tanta ansía de libertad y sana curiosidad Nureyev se deja llevar ejecutando arriesgados pasos de equilibrista tanto sobre las puntas de unas zapatillas en una clase o escenario como en lugares no recomendados. A través del ojo de una cámara o los suyos propios perfecciona su técnica de baile y la capacidad de captar la belleza en artes como la escultura o la pintura. Es una etapa de aprendizaje continuo, en el amor y en el trabajo que finaliza con su viaje a París en gira con la compañía del Ballet Kirov que se había fijado en él. 

El bailarín

Finalmente encontramos un Nureyev maduro y cabal, abierto a cualquier experiencia que suponga un desafío a su inteligencia. El Cuervo Blanco quiere echar a volar y abandonar una tierra que no le permite avanzar. Es en la capital parisina donde él conoce y se relaciona con personajes franceses tan importantes como la viuda Clara Saint o Pierre Lacotte sumergiéndolo en la nada discreta vida nocturna de París. La desenfrenada libertad de la que disfruta allí unida a la experimentación que abunda en sus paseos y visitas a museos tan importantes como el Louvre, hacen mella en él llegando a tentarlo a desertar de su país. Quizás estemos ante la mejor parte del film, un pasaje que recuerda a la mejor Argo, de Ben Affleck, con unos minutos de auténtico suspense mudo en el aeropuerto de París-Le Bourget, el 17 de junio de 1961, lugar que se hizo famoso por la inesperada petición de asilo político del bailarín ruso. 

Los agentes que vigilaban sus idas y venidas o controlaban y anotaban sus escapadas nocturnas y que estaban ya con la mosca detrás de la oreja vieron confirmadas sus sospechas ese día. No pudieron controlar los movimientos de un hombre que buscaba liberarse de las cadenas, escapar de una jaula de cristal sin barrotes que amenazaba en la ahora lejana madre Unión Soviética. Con su decisión abandonaba a los suyos y se alejaba de una tierra que lo vio nacer y que ya no podía ofrecerle nada nuevo. Comenzaba una nueva aventura en un país desconocido que le había abierto las puertas y le auguraba tanto éxito profesional como una fama internacional. Nureyev, así como el cisne negro de Natalie Portman se había convertido en el animal que amaba y volaba sobre unas vías de tren con destino a la felicidad. Atrás quedaban los fríos y nevados paisajes de la estepa rusa, ahora la ciudad más cosmopolita y moderna de Europa se disponía a disfrutar de sus medidas piruetas y sus desafiantes coreografías, había vuelto a nacer ¡con nosotros estaba el mejor bailarín del siglo XX!