El ángel

El ángel, ascenso y caída

El cineasta argentino dirige y escribe El ángel, personal fuertemente ficcionalizado que narra la vida y –atroz– obra de Carlos Eduardo Robledo Puch, conocido por su hipocorístico: Carlitos. El ángel de los rizos de oro debe su reputación al inquietante honor de ser el criminal que más tiempo ha permanecido preso en las cárceles argentinas –46 años y contando–.

El ángel

«Yo soy ladrón de nacimiento, no creo en “esto es tuyo y esto es mío”». Esta sentencia, pronunciada por el propio Carlitos en el prólogo de El ángel, será la premisa que guíe sus actos a lo largo de toda la película; si podemos reconocer alguna virtud en él, esa es sin duda la honestidad. El actor Lorenzo Ferro, quien encarna el papel principal, consigue un debut sólido y prometedor al configurar un personaje complejo, voluble y enormemente atrayente. El imprevisible comportamiento de Carlitos eleva la tensión del filme escena a escena, manteniendo al espectador expectante de lo que su perturbada imaginación tiene para ofrecerle a continuación, aunque hacia la mitad del metraje esta fórmula se estanque por momentos y pueda resultar algo repetitiva. Por su parte, un también destacado Chino Darín completa el dúo criminal, una especie de Clyde & Clyde que alterna violencia extrema con un palpable homoerotismo –me niego a caer en la lectura psicoanalista de una película argentina–.

Un surtido de géneros, que van desde el policíaco al familiar pasando por la negra, y de estilos, desde la violencia cruda de Martin hasta los manierismos costumbristas de Pedro Almodóvar –como productor del filme, su influencia no es casual–, conforman, en suma, una cinta que encuentra su personalidad propia y definida en la más variada mezcolanza. Juega un rol determinante la acertada selección de canciones y su uso como agente que de alguna forma homogeniza y cohesiona la miscelánea: quizá la más representativa e icónica de todas ellas sea la versión en castellano de The House of the Rising Sun, de The Animals, en voz de Palito Ortega –padre del director Luis Ortega, por lo que el proceso de llevar a tu propio terreno algo en principio ajeno alcanza aquí connotaciones prácticamente sanguíneas, de carácter genético–.

En definitiva, pese a marcados altibajos en el ritmo y fases en las que la trama –no sus personajes– parece desdibujarse y perderse en sus aspiraciones, El ángel no deja de ser en todo momento un entretenimiento pulido y estilizado sin el menor atisbo de pretenciosidad.

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