Earwig y la bruja, la anti-magia de Ghibli

Si Hayao Miyazaki tuviera una fábrica de tuercas, estas serían las tuercas más cuidadas del mundo. Las más bellas, hechas a mano una a una aun costando la salud mental y física del artesano. Goro, su hijo, parece haber heredado el negocio de tuercas artesanales a regañadientes de su padre, pero decide darle una vuelta a todo: las tuercas ya no serán artesanales, las hará una máquina con supervisión humana y las dejará prácticamente como las del padre. Solo que sin carisma, alma ni nada de lo que hacía especiales a las tuercas en cuestión. 

Earwig y la bruja

Se dice que Cuentos de Terramar, la primera película del vástago, desagradó profundamente al maestro del . Tanto, que decidió encargarse él personalmente del guion de su segundo largometraje, La colina de las amapolas, que ganaba enteros pero no llegaba a conquistar. Tras aquella película, el Studio dio un último acelerón con tres películas fabulosas, tradicionales y mágicas que ponían el broche final a veinte años de leyendas del anime: El viento se levanta, El cuento de la princesa Kaguya y El recuerdo de Marnie

Pasaron cinco años hasta que Goro decidiera que el estudio aún tenía tiempo para un epílogo. Y lo ha hecho traicionando todas las bases en las que se sustentaba: realizando una película por ordenador, con una hierática y en la que la historia parece escrita por alguien que quiere imitar películas como El castillo ambulante sin conseguirlo en absoluto. ¿El resultado? Para un fan de Ghibli, escribir estas palabras es difícil porque hasta ahora ninguna película había sido realmente mala. Earwig y la bruja es un desastre sin paliativos.

Antes de hablar de la animación y los personajes, hay que hablar del elefante en la habitación: la absolutamente incomprensible falta de tercer acto. La película prepara un prólogo con unos personajes interesantes, deja caer pistas a lo largo de sus tediosos 82 minutos y, justo cuando llega el punto de giro… termina. Es como si, llegados a un punto, hubieran decidido que tenemos bastante con el lore que nos han contado y no necesitamos saber el final de la historia. A su favor hay que decir que la novela original de Diana Wynne Jones termina en el mismo punto, pero una adaptación no tiene por qué dejar los momentos flacos de la obra adaptada. De eso se trata: de no frustrar al espectador.

Earwig y la bruja

Pero el mayor problema de Earwig y la bruja no es la falta de final: es la falta de magia. Todas las películas de Ghibli tienen un magnetismo particular, incluso los dramas televisivos como Puedo escuchar el mar. La película de Goro parece más un largometraje estrenado directamente en Netflix por un autor prometedor pero sin brújula que la vigesimotercera película del único estudio de animación que puede competir con en reconocimiento y calidad. Cada escena de la película pasa sin pena ni gloria, unida a otras en las que el tiempo parece detenerse y enzarzarse en la desidia más inhóspita.

Y en gran parte es culpa de los personajes: Chihiro, Kaguya o Mononoke son heroínas que no siempre están rodeadas de un ambiente alegre y positivo, pero son capaces de sobrevivir con su actitud. El público rema a favor de unas niñas con defectos y problemas de actitud pero que no dejan de ser simplemente humanas. Earwig es una niña cabezota, desagradable y manipuladora con la que es difícil sentir algo que no sea, como poco, indiferencia. Pero no es que los personajes que la rodeen sean mejores: una bruja maltratadora y un brujo muy poderoso que desde su primera aparición solo causan desánimo y dejadez. Hasta que la película se acerca mucho al final no descubrimos su verdadera cara y conseguimos ver un lado agradable y amable. Los personajes empiezan a ser identificables momentos antes de que aparezcan los títulos de crédito. 

Debo decir que los diseños “con estilo Ghibli” están bien adaptados al modelado en tres dimensiones, pero el problema llega a la hora de animarlos. Hay algunas historias que no están pensadas para el CGI, y las de Ghibli no lo piden. Especialmente esta historia que transcurre casi en su totalidad dentro de una casa y en la que no hay secuencias de acción que merezcan nuestra atención. No hay ningún motivo para transgredir el clásico estilo de animación de la compañía: no aporta nada a la historia y, al no tener experiencia con él, se queda muy lejos de las cosas que estamos viendo hoy en día. Desde luego, no es Disney, Pixar ni Animation Studios: es un experimento que debería haber terminado antes de empezar.

Earwig y la bruja

Sabemos que, en todo caso, este no va a ser el final de Ghibli, sino una triste nota al pie en la historia de la empresa: Hayao Miyazaki lleva cinco años preparando ¿Cómo vives?, que está animando a la antigua usanza como regalo para su nieto, de la que solo sabemos que lleva la mitad de la animación ya terminada y no tiene fecha de finalización. Earwig y la bruja fue un proyecto de Hayao antes de que Goro quisiera probar suerte. No es un mal director, pero su apellido y las ganas de agradar a su padre le quedan muy grandes.

Earwig y la bruja es el único manchurrón negro de la historia de Ghibli, solo apta para completistas. Y ojalá no estuviera escribiendo estas palabras.

Earwig y la bruja (Goro Miyazaki, 2020) ⭐️

Earwig y la bruja