Dredd, brutal día de entrenamiento

La verdad es que no era complicado realizar algo decente con el personaje del Juez Dredd si tenemos en cuenta la anterior encarnación protagonizada por Stallone (ya os avanzo que hablaremos de ella mañana). A pesar de ser un personaje muy apreciado por los aficionados a los comics, no tiene la repercusión del gran público como otros héroes de o DC lo que hace que la apuesta presupuestaria tienda más bien a baja. Pero este Dredd juega con este handicap y termina triunfando antes sus autoimpuestas limitaciones.

El Juez Dredd recibe la instrucción de entrenar a una novata en una misión aparentemente rutinaria. Pero claro, se complica y se quedan encerrados en un macroedificio con una horda de malos dispuestos a acabar con ellos. Y aquí tenemos las dos claves: un solo escenario y un tiempo concreto. Como decía antes, esto puede parecer una limitación pero a mi personalmente la idea me parece de lo más atractiva como reto para lo que nos están contando. La novata aprendiz aprenderá lo duro del oficio y Dredd tendrá que enfrentarse a retos cada vez más complicados.

Insisto, se nota que Dredd es una película barata, una serie B que perfectamente habría dirigido con el mismo tino con el que lo hace Pete Travis. El problema es que nos estamos acostumbrando a la excesiva espectacularidad de los Batmans, los Spidermans y los Transformers y podemos caer en el error de no saber apreciar una película como esta.

Dredd es brutal, violenta y tremendamente disfrutable. No deja de ser un pim-pam-pum, una ensalada de tiros y frases lapidarias con la única intención de hacernos pasar una hora y media espídica. Y aunque parezca que esto es fácil no lo es para nada. Esta apariencia de simplicidad es muy difícil de conseguir, es decir, con muy pocos mimbres lograr montar todo este tinglado tiene mucho mérito. Así que dadle una oportunidad que estamos probablemente ante la mejor peli de en lo que llevamos de año (esto es una frase hecha porque la verdad es que no llevo la cuenta).

Y sale Lena Heady que es una debilidad mía, lascivamente violenta y bellísima hasta con la cara echada abajo.

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