Dolor y gloria, autoamor y autoficción

Autoamor y autoficción  (una palabra tan nombrada por Pedro Almodóvar para hablar de su propia obra), caminan juntos en Dolor y gloria, una pieza retrospectiva y confesional, ligeramente disfrazada de la historia personal y fílmica del autor, en la que, en ocasiones, nos será muy fácil reconocerle en la interpretación y caracterización de su protagonista, Salvador Mallo (Antonio Banderas),o en sus grandes lugares y colores comunes: fotografías de su infancia en los pueblos manchegos encalados, pintadas e iluminadas por José Luis Alcaine. 

Dolor y gloria

Sin embargo, ante la flagrante obviedad de que Almodóvar está ensayando una especie de todo sobre Pedro, en Dolor y gloria es igualmente fácil olvidarse de él y conectar con, al menos, dos dramas interpersonales profundamente hermosos y narrados con una intimidad poética exquisita y sorprendente por la naturalidad y universalidad de su contenido. En esta ocasión, Pedro abandona la extravagancia, los cuerpos no normados y las bruscas revelaciones sexuales sobre ellos, para unirse al relato de la madurez del autor masculino, en el que, como tantos otros de sus colegas, la añoranza de la solidez de los vínculos y las reconfortantes certezas de la infancia (explicadas, en esta ocasión, con rotunda sabiduría por su madre y las vecinas del pueblo), avasallan y abruman lo más hedonista y heterodoxo de su pasado. 

Dolor y gloria se convierte así en una película imprescindible para amantes de Almodóvar y de su filmografía que, del mismo modo, resulta ser un metraje bastante irregular, precisamente por servir como reino absoluto de su propio contenedor de pensamientos, anécdotas, sentimientos y conclusiones desordenadas, en el que cada ciertos minutos brotan frases de tráiler, cómicas y categóricas, que terminarán funcionando perfectamente solas, como tantas otras de sus películas, o incluso personajes enteros, que también han logrado trascender más allá de la obra en sí misma. 

En Dolor y gloria, donde por supuesto también sucede este modo de hacer tan almodovariano, en el que los elementos y las partes son más susceptibles de brillar separados del todo al que pertenecen, un fenómeno que da lugar a esos prefijos tan de autor (meta, trans, auto, intra), creo que es imprescindible rescatar uno de los textos que escribe Salvador Mallo, el protagonista de esta “autoficción”, y que su compañero Alberto Crespo (Asier Exteandia), convierte en una obra dramática llamada La adicción. Es probable que este texto, o esta meta-dramaturgia, no sólo sea la mejor escena de la película, sino que sea, sin lugar a dudas, una pieza de arte muchísimo mejor que cualquiera de ellas. 

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