Aprendiendo a vivir, chico de barrio

No entiendo por qué ha sido elegida Aprendiendo a vivir como mejor película del 2017 en Israel y cómo ha sido preseleccionada para los Oscar. O no he sabido entender lo que el director ha querido contarme o el mensaje tiene lecturas que escapan a mi comprensión. No estoy diciendo con esto que el film sea malo ¡de ningún modo! pero a mí no me ha impresionado lo mas mínimo. Si, es verdad que la vida de este chico Asher merece una atención pero sé como la de él hay otras muchas vidas en este planeta y no por ello hay que pararse en todas ellas. Este joven que compagina trabajo y estudio en un instituto y que está a punto de graduarse ¡aparenta mucha más edad! podría ser uno de los cientos de casos que vemos en el programa Hermano Mayor por el lugar en el que vive, un barrio pobre marginal y por las amistades que frecuenta que ven como fiesta nacional el regalo de un polo Lacoste de imitación.

Aprendiendo a vivir

Su situación familiar tampoco le beneficia, sin contacto con su madre y con un padre autoritario que ve en el estudio un estorbo para su hijo. Ante esto todos podemos suponer que el adolescente va a convertirse en una fruta podrida del cesto pero sin embargo no es así. Un mal entorno no condiciona a esta persona que trabaja responsablemente como albañil poniendo en peligro su vida cada vez que se sube a un andamio y que protege y defiende a sus compañeros y amigas ¡sacarse el carnet de conducir es una cosa muy seria! Su padre tiene que ingresar en el hospital y él lo visita como un buen hijo, se encarga del negocio familiar con profesionalidad y deja a un lado el fútbol que lo apasiona cada fin de semana. Asher es un ejemplo claro de lo que se debe ser y no de lo que se espera que va a ser y esto es quizás lo mejor de Aprendiendo a vivir ¡pero poco más! Sus relaciones para con los demás están plagadas de reacciones violentas que merecen más meditación por su parte y que son esperables nada que ver con su creciente atención por un conocimiento que siempre ha sido vetado para gente como él. Los silencios son constantes pero no son sustituidos por juegos de miradas que aporten información adicional lo que provoca que se alarguen las escenas innecesariamente. Algunas historias se quedan a medias y sin conclusión dejando en suspenso un final que podría aportar mucho al relato. No me gusta imaginarme lo que va a pasar sin apenas contar con pistas y esto es lo que hace el director más veces de las que pude contar.

Hubiera sido muy interesante profundizar en la relación entre el profesor Rami y Asher, un maestro de literatura que le ayuda a profundizar en su materia y que está interesado en su aprendizaje viendo algo en él que los demás no distinguen y convirtiéndose en un maestro de la vida que sustituye a un padre que jamás ha contestado a preguntas existenciales y elementales de un joven que está aprendiendo a vivir. Me imaginaba a un señor Keating librepensador que influenciaba con sus charlas a su alumno convirtiéndolo en otra persona que dejara a un lado sus ataques de ira moldeando su educación ¡Nada de eso! Sus conversaciones privadas son mínimas y poco esperanzadoras por lo que el cambio no llega a producirse, Asher sigue siendo el mismo manteniendo en secreto sus miedos y debilidades. No hay una evolución en un personaje que nace, crece y acaba tras noventa y cuatro minutos de metraje, de la misma manera. No se inmuta ante la muerte de un ser cercano ¡su rebeldía en contra de la dirección del instituto es muy light! y continua con una vida obligada que ni le va ni le viene. No se sabe nada acerca de la joven por la que bebe los vientos y tampoco los motivos que precipitaron el fallecimiento de ese alguien de su círculo ¡qué decir de su trabajo escrito del que no tenemos una visual aclaratoria! Demasiadas dudas no razonables en Aprendiendo a vivir, demasiados interrogantes que merecían una mayor atención y mejor lectura que con la que nos deleitan los compañeros chungos de Asher ¡el verdadero y único protagonista de todo! Una muñeca matrioshka robada o cebolla con muchas capas que nunca llegamos a descubrir a fondo.

Aprendiendo a vivir

El choque entre ricos y pobres, entre autoritaria dirección y alumnado en la actual con tradiciones milenarias que aun se conservan como el toque a la entrada y salida de una lugar, de la mezuzá o la colocación de pequeñas piedras en las tumbas o nichos en la celebración de un funeral, es aquí mirado de soslayo de nuevo dándome la razón en que podía haberse metido más a fondo en todas las cosas y no tocarlas con cuidado de no romperlas. Hubiéramos tenido un retrato robot más preciso y perfecto de este muchacho y de aquellos que lo rodeaban entendiendo mejor sus rabietas y unas palabras dichas en alto tono que aquí carecen de sentido. Espero que Matan Yair pula en el futuro estas, para mí pequeñas taras que debilitan una idea que en principio resultaba cuanto menos interesante.

Los dramas sentidos y lacrimógenos son más efectivos ¡no cautiva mucho ver el mismo semblante en situaciones traumáticas y en escenas de máxima tensión y en otras mucho más serenas y pacíficas!