Ánimas, Jung para dummies

El dúo sevillano formado por Laura Alvea y José F. Ortuño vuelve con su segundo largometraje de ficción, Ánimas, una cinta de terror que explora la relación entre Álex (Clare Durant) y Abraham (Iván Pellicer), dos adolescentes de personalidades antagónicas, aunque de alguna forma complementarias. La convulsa etapa que supone la adolescencia se suma a la difícil situación familiar que atraviesa Abraham, quien necesitará de todo el apoyo que su amiga le pueda brindar.

Ánimas

En Ánimas, Álex y Abraham se enfrentan a un lugar común: el miedo a crecer. El mal que perturba sus vidas emana de las inseguridades y miedos relativos a la toma de decisiones y aceptación de responsabilidades propias del punto límite existencial que constituye el paso de la adolescencia a la adultez. Este terror aparece personificado en los primeros compases de la película a través de una figura indeterminada, siempre oscurecida, que amenaza a Álex en ambientes domésticos –los cuales cobrarán un significado alegórico conforme avance el filme–. Tenemos, con ello, una premisa que parece apuntar a los esquemas y convencionalismos del slasher juvenil característico de los años 70 y 80, sin embargo, pronto perderá la narración su interés por el horror en su vertiente de género entendida como una fisicalidad visceral, gore: Álex deja claro su hastío ante este tipo de relatos cuando, viendo la televisión con Abraham, sentencia algo así como “estas películas son todas iguales, quieren dar miedo y al final solo acaban dando asco”. Toda una declaración de intenciones que los directores ponen en boca de su protagonista.

Siguiendo esta voluntad, la película abandona la amenaza física, externa, para entrar progresivamente en los abismos de los espacios psicológicos, internos. Se preocupa, por el camino, de dejar claros sus referentes a través de numerosos guiños; quizá los más claros, en los que más se insiste, sean Psicosis –que funciona como perfecta bisagra entre el slasher y el thriller psicológico–, El resplandor, Twin Peaks –cabezazo contra el espejo del baño incluido– o El maquinista. La transición del inicial modelo de terror adolescente, de tono ligero que busca, en esencia, la evasión, a las complejas y adultas estructuras de juegos mentales en las que se acaba introduciendo al espectador provoca que este quede aturdido –a pesar de la superficialidad de la propuesta– y el filme, al cabo, deja la sensación de encontrarse en tierra de nadie.

Ánimas

Tiene un claro poder sugestivo, por otro lado, comprobar cómo Ánimas evoluciona gradualmente de un género considerado adolescente a otro de corte más bien adulto: justo es esta la encrucijada, el espacio liminal, en el que se encuentran los protagonistas. El género y el tono de la narración, al menos esta parece la intención, evoluciona con ellos. No obstante, los directores vuelven a quedarse a medio camino, no terminan de confiar del todo en un público al que consideran adulto –o al menos lo suficientemente maduro–, por lo que se ven obligados a introducir momentos en los que Álex lee fragmentos expositivos referentes a la teoría básica –especialmente aquella en relación con los trastornos de la personalidad– de la que el espectador debe estar informado para seguir la trama sin pasar mayores dificultades.

En cuanto a la puesta en escena, destaca el uso de un marcado y contundente código cromático basado en colores vivos, primarios –que decididamente nos recuerdan a ciertos manierismos compositivos del cine de Argento–. Rojo, amarillo y verde funcionan como referencia –quizá demasiado manifiesta– para que el espectador pueda reconocer los ambientes emocionales y psíquicos que transitan los personajes. La apuesta por esta gama de colores, también cabe señalar, se viene un poco abajo cuando se refuerza mediante la intercalación de planos de semáforos en puntos clave de la trama; digamos que hay ciertos objetos no muy dados a la metaforización.

Ánimas

Con todo, se agradece en Ánimas la honestidad y la entrega con que se propone explorar los mecanismos del horror para tratar de llegar con ellos a nuevos lugares, aunque el resultado final se estanque en la hibridación.