Twixt, entrañable despropósito

 

Resulta curioso como Francis Ford Coppola ha ido desarrollando una filmografía que bien puede leerse como su propia autobiografía. Desde los tiempos de sus primeras películas con Roger Corman y sus posteriores éxitos con El Padrino y Apocalypse Now hasta las alimenticias pero estimables Legítima defensa y Jack el cine de Coppola nunca ha dejado de ser íntimamente personal. Ahora Francis Ford Coppola con 74 años recién cumplidos vive de las pocas rentas de sus películas y de sus viñedos, haciendo un cine sin cortapisas, libre y joven.

Twixt es su última película, que ha sufrido los problemas típicos de una película realmente independiente y no esas cosas que Hollywood se ha empeñado en vendérnos como tales. Twixt nos cuenta como un escritor en decadencia llega a un pueblecito para firmar unos libros y allí se encuentra con una niña muerta en un sueño, un sheriff un tanto majara y Edgar Allan Poe.

Usar a Val Kilmer, como símbolo de la decadencia supone todo un acto de justicia poética y más viniendo de un autor al que muchos consideran ya acabado. Al hablarnos Coppola de la búsqueda de la inspiración y el encuentro de las musas que el escritor desarrolla en la trama, no hace más que confirmar que el director está hablando de si mismo y sus inquietudes. Incluir a Edgar Allan Poe en el relato aumenta más si cabe el halo gótico romántico de Twixt que ya quisiera el Tim Burton de los últimos tiempos.

Twixt es una película imperfecta, con un halo de película deslabazada e inconsciente, e incluso un poco cutre en ciertos momentos. Pero es en su inocencia y candidez donde reside su encanto. Ver a un señor de más de 70 años jugando a ser joven y juguetón, aunque a veces sea un poco ridículo, no deja de ser entrañable. Twixt es un despropósito, sí, pero ojalá hubiese más despropósitos así.

twixt crítica

 

 

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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