Transformers: La era de la extinción, subiendo el listón

 

La saga con Michael Bay a la cabeza representa el mayor distanciamiento posible entre eso que se llama crítica y público. Mientras que el primer grupo a duras penas valora positivamente este grupo de películas el segundo se entrega enfervorecidamente a ellas sin atender a lo que los expertos opinen del tema. De hecho, Transformers: La era de la extinción es junto con Capitán América: Soldado de invierno y X-Men: Días del futuro pasado una de las películas más taquilleras del año, habiendo sobrepasado ya los 1.000 millones de dólares de recaudación en todo el mundo. De este modo, a ver quien es el listo que le lleva la contraria al señor Bay que ha terminado triunfando en terrenos donde cineastas más dotados y arriesgados como Del Toro o Liman fracasaron.

Transformers: La era de la extinción sitúa su unos cuantos años después de Transformers: El lado oscuro de la luna en un contexto donde todos los transformers, tanto los malos como los buenos, son perseguidos y culpados del desastre de Chicago visto en la anterior entrega. Un patán de buen corazón, quintaesencia del tejano un poco bruto pero listo, interpretado con solvencia por , se encuentra a Optimus Prime hecho trizas pero consigue revivirlo montando un lío tremendo. Con idea de contentar al público masculino con las hormonas desatadas, Wahlberg tiene una hija cañón que no se cambia los shorts vaqueros en toda la película. La niña también tiene un novio guapete y que es piloto de carreras, algo que viene muy bien cuando tienen que salir huyendo, y con el que Wahlberg tiene sus obvios tiras y aflojas.

Transformers: La era de la extinción

Al contrario de lo que pasaba en Transformers: El lado oscuro de la luna, el guionista Ehren Krueger no inunda la película de demasiados personajes insufribles ni de ese cargante humor infantil del que hacían gala las anteriores entregas. En su lugar, Kruger desarrolla un interesante juego referencial y autoconsciente que va desde personajes quejándose de la falta de imaginación de Hollywood que sólo hace secuelas a un desatado Stanley Tucci interpretando a una especie de desalmado que acaba tomando conciencia de lo malo que es ser un cruel capitalista.

Pero aquí lo que nos interesan son los robots-coches dándose mamporros y la verdad es que en eso Michael Bay nunca decepciona. A pesar de las dos horas y cuarenta minutos de Transformers: La era de la extinción pocos momentos de descanso en cuanto a escenas de acción hay aquí. Como no podía ser menos, Bay reserva lo mejor para el final y nos entrega una hora final situada en China donde veremos a los espectaculares Dinobots y presenciaremos una interesante lucha entre dos humanos en unas especies de edificios-favelas chinos. Lo más curioso es que Pekín parece más una sucursal de una ciudad-franquicia estadounidense, plagada de anuncios totalmente capitalistas, que una ciudad de la china comunista.

Transformers: La era de la extinción

Al final, Transformers, la era de la extinción sigue la senda de las anteriores películas, subiendo un poco el listón al deshacerse de los intentos de contar una historia incomprensible, dejando el humor bajo mínimos  y yendo más al grano a la hora de plantear un carrusel de escenas de acción descerebrada. Bay ya ha dicho que esta será su última incursión en el mundo de los transformers, pero lo que sí es seguro es que a pesar de lo que leáis por ahí con críticos y gafapastas echando espuma por la boca tendremos quinta entrega. Mil millones de dólares son muchos millones.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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