Stand by Me Doraemon, agradable déjà vu

 

Tras varias décadas de fidelidad a la animación tradicional japonesa, tan naif como consciente de su condición de estilo ya asentado, , el gato cósmico, da el paso a la animación tridimensional dispuesta para ser vista en la gran pantalla.

Una vez superado el choque visual de tener a nuestro gato favorito en un hiperrealista, nos encontramos con la historia habitual de Doraemon enseñando lecciones vitales al insufrible Nobita: en este caso vemos como el tataranieto del niño manda al gato desde el futuro para que le ayude a moverse en la vida. La historia de la génesis de la amistad entre Nobita y Doraemon es servida con el infantilismo (que no se entienda esto como algo negativo) y derroche de imaginación habitual de la creación de . Así, tenemos tanto los elementos habituales de exaltación de la amistad y sentimientos exacerbados, como los golpes, porrazos y mil cagadas vitales de Nobita.

Stand by me Doraemon

Uno de los mayores problemas de Stand by Me Doraemon lo encontrarán los fervientes seguidores de la serie: la película no es más que un refrito de muchos capítulos dispuestos dentro de una trama transversal donde Nobita debe conseguir el amor de Shizuka para asegurarse un feliz futuro. Para los que conocemos al dedillo la mayoría de los capítulos no deja de ser una puesta a punto de viejas historias y hubiésemos deseado algo más de originalidad. El otro punto que también admite una queja es la absurda decisión de que el Nobita mayor (como no podía ser menos hay viajes al futuro) sea doblado por Mario Vaquerizo. Independientemente de lo mejor o peor que nos caiga el personaje de Alaska y Mario, queda claro que el hombre no es actor y lo único que hace es descolocar incluso a los niños que de repente notan que Nobita habla raro (true story).

Al igual que Los juegos del hambre o la saga de El hobbit, Stand by Me Doraemon está realizada para los fans de la serie que dejan el criterio en casa cuando van a ver estas películas. Aun así, es un gustazo ver a Doraemon en una pantalla grande, rodeado de tiernos infantes que ríen al igual que lloran con la diversión y el drama que esta saga siempre propicia. Y, al menos, el mensaje final de que las cosas hay que conseguirlas por uno mismo es mucho más edificante que el de muchas películas y series que nuestros niños se tragan todos los días.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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