Skyfall, mirando al pasado para afrontar el futuro

 

¿Es un personaje necesario en el cine de hoy día? Esta parece ser la pregunta que viene a responder la película número 23 de la saga justo cuando se cumplen 50 años del debut del personaje en el cine. Lo que está claro es que Bond es un personaje fruto de otro tiempo pero ajeno a modas y a la realidad que nos rodea. Esto siempre se ha visto reflejado en el escaso apego a la realidad que siempre ha vivido el agente secreto: habiendo sobrevivido a casi 30 años de guerra fría se las ingenió para nunca verse involucrado en ningún conflicto de índole política. A ello siempre ayudó que las motivaciones de los malos casi siempre fuesen planes descabellados más allá de países y sólo en contadas ocasiones Bond se tuvo que enfrentar a “problemas personales”.

Todo esto cambia en Skyfall, siguiendo en cierto modo la estela que inició y que por poco estropea Quantum of Solace. Si en la primera se la ingeniaron para presentarnos al personaje como si no lo conociésemos de nada, aquí continuamos la senda de descubrimiento con una serie de sorpresas que ponen las bases a futuras entregas.

Algo en lo que nunca destacó la saga Bond fue en la elección de directores de renombre, dejando siempre los mandos en realizadores de segunda fila que sólo destacaban por una cierta profesionalidad. Por eso cuando saltó la noticia de que , director de , Camino a la Perdición o Revolutionary Road, se iba a hacer cargo de Skyfall la alegría e incertidumbre cundió a partes iguales. Porque lo que está claro es que no contratas a un director ganador de un Oscar para arrinconarlo y no dejarle hacer algo diferente a lo habitual. Y Sam Mendes aporta principalmente dos cosas.

En primer lugar lo que aporta es un sentido estético y formal realmente admirable y nunca visto antes en una película Bond. Normalmente todo quedaba en una parafernalia consistente en bellas localizaciones y espectaculares efectos especiales. Aquí la cosa va más allá y Mendes, apoyado por el gran director de fotografía Roger Deakins, logra que pasajes como el de Shangay obtengan una impresionante belleza muy bien casada con lo que está contando. De hecho una de las cosas que siempre me sacó más de quicio del cine de Mendes fue ese esteticismo muchas veces vacío en cuanto no estaba al servicio de lo que estaba contando. Afortunadamente aquí Mendes calibra bien su ojo y deja al relato respirar.

Lo segundo que aporta Mendes es un cuidado extremo por los personajes y sus motivaciones. Resulta curioso que Mendes sin ser guionista ni autor de las historias de las películas que realiza ha conseguido mantener una serie de temas y constantes en toda sus obra: los choques generacionales, las relaciones paternofiliales y la añoranza o enfrentamiento con el pasado cubren todas sus películas. Repasadlas mentalmente y decidme si me equivoco. En Skyfall todos estos temas están presentes y ampliados. Una maravillosa sirve de figura maternal para más de un personaje de la película y la relación que se establece entre las encarnaciones de Craig y Bardem viene a ser similar a la que el mismo Craig tenía con Hanks en Camino a la Perdición: en el fondo no es más que la reformulación del viejo mito de Caín y Abel. Además Mendes se las apaña para que la película parezca que está hablando sobre si misma en todo momento en un ejercicio de autoconsciencia que en cierto modo a veces peca de excesivo.

Hasta aquí podría parecer que esto es un mamotreto intelectual completamente alejado a lo que se espera de una película de James Bond. Nada más lejos de la realidad. Aquí hay espectáculo, acción, persecuciones y tiroteos. Poniéndonos exigentes podríamos achacarle a Skyfall cierta dejadez en sus personajes femeninos exceptuando a una casi protagonista Judi Dench y cierto alargamiento de ciertos momento como la secuencia de arranque y toda la parte final donde se exploran aspectos de Bond poco transitados pero que nos pillan ya con dos horas de intensa película a nuestras espalda.

Y volvemos a la pregunta del inicio: ¿Necesitamos a James Bond? A esto Mendes nos responde con dos espléndidas secuencias finales: a pesar de lo sufrido Bond empieza a ser un tipo con un socarrón sentido del humor y Mendes consigue engarzar el par de piezas que faltaban. La próxima peli de Bond va a ser la más difícil de todas porque ya no es que el listón esté muy alto sino que ya poco se puede mirar al pasado.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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