Showgirls, la Capilla Sixtina del mal gusto

 

Que Verhoeven es uno de nuestros cineastas predilectos lo demuestra las múltiples ocasiones en las que hemos hablado de él tanto en el podcast como en algún post. Con el cineasta holandés rodaba su primer en Estados Unidos donde sólo había hecho películas de ciencia ficción y thrillers. Pero incluir a Showgirls dentro del género dramático sería andar muy corto de miras: en la película encontramos drama, , , parodia y, sobre todo, mucho erotismo.

Verhoeven se volvió a aliar con el guionista de Instinto Básico para pintar una Capilla Sixtina del mal gusto y amoralidad que no fue bien recibida por el público que esperaba algo de glamour. La visión que da Showgirls sobre la ciudad de Las Vegas sirve perfectamente como complemento a la última escena de Casino de donde se reflejaba la decadencia de los casinos de la ciudad.

Contar con una estrella adolescente proveniente de Salvados por la campana fue una de las transgresiones de Verhoeven y Elizabeth Berkley respondió a pedir de boca poniendo toda la carne en el asador. La historia de Nomi Malone no deja de ser un mal camuflado remake de Eva al desnudo adaptado a los 90, con un sexo explícito que el mismo Verhoeven puso de moda con Instinto Básico y que mató con Showgirls

showgirls

La mezcla de tono paródico con algunos intensos momentos dramáticos descolocó a muchos: hablamos de una película en la que se produce el polvo más descacharrante de la historia del cine, así como una sangrienta violación a uno de sus personajes. El público, como suele pasar, se perdió por una simple cuestión de expectativas. Los que esperaban un derroche de clase salieron espantados y los que buscaban tener un par de erecciones sufrieron un brutal destrempe.

Showgirls mató la carrera de Verhoeven en Estados Unidos, que sólo volvería a hacer El hombre sin sombra, para volver a lo grande a su Holanda natal con El libro negro. Pero Showgirls siempre quedará como una película-suicidio como nunca antes se había visto en Hollywood.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era "una del espacio". Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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