Resident Evil: Apocalipsis (2004), el videojuego hace presencia en pantalla

 

 

En 2004 la popularidad de los juegos de estaba en auge y el salto al público general ya estaba dado con el éxito de la primera parte. Todo estaba alineado para replicar la saga de y exprimir el tema de los zombies biológicos y la malvada corporación Umbrella.

Con la segunda parte, Resident Evil: Apocalipsis, se dio algo que parecía que se había evitado de forma prudente con la primera parte: intentar contentar a los frikis de los juegos. Ahora ya no había excusa con lo que la historia se basó mucho más en las consolas y más concretamente en Resident Evil 3: Nemesis. La también pasó del claustrofóbico sótano de la primera parte a la ciudad de que estaba hecha unos zorros.

Nuestra querida Alice ya es toda una experta en el tema de los muertos vivientes y en su empeño por salir de la ciudad se cruzará con varios personajes familiares para los jugones: Jill Valentine y su sugestiva vestimenta y el duro mercenario Carlos Oliviera. Afortunadamente, todas estas concesiones y guiños no afectaron a la calidad de la película que sin ser nada del otro mundo cumplía con el objetivo propuesto de ampliar la mitología y estirarla para seguir con la saga.

La que si cambiaba un poco de registro es mi amada a la que veíamos más suelta en su personaje y estaba más guerrera y bestia que en la primera. Mi única queja es que su tiempo en pantalla es menos del que hubiese deseado debido al tema de meter más personajes que tendrán relevancia en posteriores películas. Tampoco me puedo quejar mucho porque parte de este tiempo lo cubre el personaje de Jill Valentine interpretado por Sienna Guillory.

Resident Evil: Apocalipsis dejó claro cual era su público: un grupo de adolescentes salidillos que se regodeaban viendo a féminas de armas tomar con vestimentas escasas y apretadas y unos amantes de los videojuegos que disfrutaban viendo las mil una referencias a sus horas de ocio.

Paco Casado

Con cuatro años insistí a mis padres en que tenían que llevarme a ver Superman II a pesar de estar yo con 40 de fiebre. Mi padre me quiso meter a ver Conan, el bárbaro con cinco años y el portero del cine, sensatamente, no le dejó. Otro día me llevó a ver Octopussy y Licencia para matar y me fascinó James Bond. Sin contar con el día en el que con nueve años nos sentamos a ver 2001 porque pensábamos que era “una del espacio”. Con catorce años hacía pellas en el instituto para irme por la tarde al cine. Y así podría seguir con mi educación emocional y contaros cómo el cine está asociado a mi vida.

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